Home / Sueños / Sueño y vigilia

    Vamos a plantearnos ahora la cuestión de las diferencias existentes entre las turbulencias mentales del sueño y las que se producen durante el estado de vigilia: ¿en qué proporción las diferentes facultades se encuentran modificadas, alteradas por el sueño? ¿En qué medida subsisten? ¿Existe una especificidad que caracterice al psiquismo onírico? Ya Aristóteles hace derivar los sueños de las huellas dejadas en los órganos sensoriales. En el siglo XVIII, mucho más que en ninguna otra época, los pensadores, los científicos y sus teorías sobre las «excitaciones» harán hincapié sobre estos orígenes fisiológicos. Raros son quienes no admiten que el sueño se debe al agotamiento de los «jugos nerviosos» o de los «espíritus animales», necesarios tanto para el movimiento como para la sensación. El sueño, momento intermedio entre el acto fisiológico de dormir y la vigilia, nace de los primeros movimientos de estos «espíritus» que se agitan en el instante mismo en el que no han sido todavía restaurados para restituir al cuerpo toda su energía, al «alma» la utilización consciente de sus facultades. Sólo cuando todos los jugos nerviosos no han sido utilizados por la actividad diurna empezamos a soñar.

    Las diversas escuelas se muestran más o menos favorables a hacer prevalecer las explicaciones fisiológicas y a concebir el campo psíquico como un terreno cerrado donde se enfrentan, entrecruzándose, diferentes fuerzas y funciones; estas escuelas se asemejan por su concepción claramente antimetafísica de la vida del alma —de hecho, todas provienen del mecanicismo cartesiano—. Al margen de que hagan énfasis sobre el origen material o racional de los fenómenos psíquicos, todas coinciden en asimilar el alma al campo de la conciencia, y no a un principio que, desde el neoplatonismo al Renacimiento e incluso hasta nuestros días, ha sido concebido como el excitante anisotrópico del micro y macrocosmos. Fisiología y psicología se equilibran. Ambas forman parte integrante de la ciencia descriptiva. En la explicación del sueño, los matices que separan a los diferentes pensadores derivaron de los distintos orígenes que presentaba este «fenómeno».

    En el siglo XIX, los fisiólogos observaron que, durante el sueño, el durmiente continuaba teniendo una determinada percepción del mundo exterior —como prueba claramente el hecho de que el sonido del timbre de un despertador saque de su letargo al durmiente—, y sobre todo sensaciones internas vinculadas a la actividad del sistema nervioso simpático. Percepciones internas o externas determinan a menudo imágenes y representaciones del sueño: barra de las cortinas que se desploma como la cuchilla de una guillotina, bicho que se aventura sobre un brazo y se transforma en un animal desagradablemente velludo, haz de luz inhabitual que llena de llamas la habitación del durmiente, frialdad del alba que cubre de nieve el verano, etc. Estas percepciones pueden igualmente encontrarse alteradas, metamorfoseadas, amplificadas o comprimidas al extremo. Así, la mente, durante el sueño, funcionaría exactamente de la misma manera que durante la vigilia, transformando una sensación en una representación; pero mientras que en el estado de vigilia las diferentes sensaciones se encadenan de manera coherente, durante el sueño la mente, avanzando con impulso propio y sin puntos de referencia, amontonaría indiscriminadamente representaciones abstrusas y aberrantes.

    Las facultades superiores, como las funciones lógicas, el juicio, se encuentran, por su parte, perturbadas. De ahí la anarquía aparente del sueño. Aparente solamente, puesto que el escritor prerromántico alemán Karl Philipp Moritz quiso que se explorase la vida de los sueños «para conocer mejor lo que ocurre dentro de nosotros mismos (…), para dar, gracias a la diferencia existente entre sueño y verdad, un apoyo más firme a esta última, para seguir el curso de la imaginación y el pensamiento bien ordenado hasta en sus escondrijos y refugios más recónditos. Pues cada sueño, por insignificante que sea, es un fenómeno extraño que forma parte de esos milagros que nos rodean todos los días sin que nosotros nos paremos a reflexionar sobre su naturaleza». La memoria por lo menos permanece intacta, puede incluso intensificarse: todo ocurre como si, durante la actividad onírica, nuestra memoria tuviese a su disposición el enorme caudal de percepciones y recuerdos grabado desde los primeros instantes de la vida consciente; como si nuestras experiencias se transformasen en unos dados que se tirasen ininterrumpidamente para alcanzar nuevas y exactas combinaciones.

    Se ha constatado a menudo —y el psicoanálisis sabrá sacar partido de ello— que el sueño hace resurgir en la conciencia del adulto acontecimientos de la vida infantil que podría creerse aparentemente que se hallaban encerrados para siempre en los abismos del tiempo. Para algunos, por el contrario, el sueño borra toda noción de edad: «Ninguna referencia sobre este asunto, y así, cuando me despierto habitualmente me encuentro sin edad. No obstante, no me encuentro niño; sin embargo, sí algo más que adolescente. La sensación no es más precisa. Hace falta que me hunda en el día para hacer las rectificaciones necesarias».



     
     

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