Home / Sueños / Mito y religión

    El pensamiento primitivo, como el pensamiento antiguo, ve en el sueño el punto de contacto con las realidades sobrenaturales. El hombre primitivo estaba mucho más gobernado por sus instintos que lo está hoy día el hombre «racional»l su descendiente, que ha aprendido a «controlarse». Afortunadamente, todavía no hemos perdido estos estratos instintivos fundamentales, sino que puede decirse que de manera estable forman parte aún del inconsciente, si bien ya sólo pueden exteriorizarse eventualmente a través del lenguaje de las imágenes oníricas. La degradación del mito —su paso de lo religioso al cuento, la leyenda, la novela— no impide, sin embargo, la presencia activa de su estructura; no solamente es identificable, sino que además el mito puede liberar su mensaje y llenar su función incluso cuando su significación escapa a la conciencia. El historiador de las religiones Mircea Eliade llegará a decir que nada nuevo acaece en el mundo, pues todo lo que sucede en él no es más que la repetición de unos mismos arquetipos primordiales. Y estudiar estos arquetipos es precisamente el modo idóneo para conocer mejor al hombre «en el estado puro», aquel que todavía no está familiarizado con la historia, y que a veces se revela en sus sueños.

    Pero también es plausible que, en el seno de una sociedad y de una cultura organizadas alrededor de la función mítica, se atribuya al sueño, como a la locura, el papel de verificar la eficacia de los poderes cosmológicos representados por el mito y personificados en la práctica social por los jefes y los brujos. De hecho, sólo éstos pueden tener sueños significativos; «los sueños de los hombres ordinarios no quieren decir nada», decían a Jung los hombres de una tribu primitiva de Kenia. Y, del mismo modo que la civilización va a hacer volar en añicos la configuración mítica que sobreentendía todo el dispositivo social, así reducirá también a los notables del lugar al papel secundario de ser únicamente sujetos de sueños vacíos de sentido.

    Mediante el sueño, los dioses aconsejan a los hombres, les notifican órdenes y les revelan un mezquino porvenir. Todo el mundo ha creído durante mucho tiempo que la principal función del sueño era predecir el futuro; tal es la razón por la cual los sueños han sido utilizados desde los tiempos más remotos para la adivinación (oniromancia). Así, en Grecia los enfermos pedían a Esculapio, dios de la medicina, que les enviase un sueño que les indicase un remedio para la curación de su mal. En Mesopotamia, Asurbanipal cuenta: «El ejército vio el río lidid’e, un torrente caudaloso, y el pensamiento de atravesarlo le inspiró miedo. La diosa Ishtar, que vive en Arbele, envió en plena noche un sueño a mi ejército en el que le decía: “¡Avanzaré delante de Asurbanipal, el rey que he creado!”. El ejército creyó en este sueño y atravesó el río sin problemas».

    Pero desde entonces una especie de policía de los sueños considera la oniromancia como una forma de superstición (y llega incluso a condenar al oprobio público al Mercurio anunciador de sueños de Hebdomeros). Definida por santo Tomás de Aquino, la superstición consiste en «tributar a la criatura el culto que sólo es debido a Dios, o en mezclar en el cuitó que se rinde a Dios prácticas que no son convenientes». (Todavía hoy día el sueño no es a menudo más que una coartada para los oráculos, y las obras que forman parte de ellos son buscadas por esta razón; la amplia difusión de pequeños tratados triviales, verdaderos iluministerios de encrucijada, relativos a la interpretación de los sueños, descansa precisamente sobre el hecho de que cada símbolo, elemento del sueño citado, recibe a priori una significación positiva o negativa, ya sea consecuentemente favorable o desfavorable en un sentido absoluto.

    La polivalencia fundamental del sueño queda borrada. Finalmente, ningún símbolo que aparece en un sueño puede ser abstraído de la mente individual que lo sueña, y no hay interpretación directa. La manera como el inconsciente completa o compensa la conciencia varía de tal modo de un individuo a otro que no es posible determinar un modo unívoco para clasificar los sueños y sus símbolos.)



     
     

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