Home / Sueños / Los animales

    Los sueños sobre animales son muy numerosos, incluso entre aquellos que han perdido todo contacto directo con esta manifestación de la naturaleza viva. La imagen del animal se nos ofrece en nuestros sueños, nos dibuja su silueta —su cuerpo y su desarrollo presentan sorprendentes analogías con las del hombre— y su comportamiento, que funcionan como alegorías de nuestra configuración psíquica y de nuestra propia actividad. El animal se ha convertido en el símbolo de lo que en nosotros ha sido domado, pero también en la representación de lo que, por el contrario, aún permanece en estado salvaje; denota también lo que nuestra naturaleza tiene de más elemental y aparentemente de más incomprensible. Cuando durante el sueño aparecen animales, el soñador deberá buscar lo que estos animales le recuerdan en concreto; tendrá también que preguntarse cuáles son entre ellos los que estima o cuáles teme, cuáles son los que odia especialmente o los que le son indiferentes.
    Hubo un tiempo en que los animales eran más poderosos que el hombre; entonces este último los elevó a la categoría de dioses, los convirtió en tótems. El león, el toro y el águila son los signos de tres evangelistas. El milagro o el horror de las metamorfosis han conmovido profundamente la naturaleza humana. Así, para Lautréamont, el mismo Dios parece sorprenderse cuando ve al héroe transformado en un pulpo cuyas monstruosas patas «hubieran podido abarcar fácilmente la circunferencia de un planeta», «nadar en las simas más peligrosas, bordear escollos mortales y hundirse a una profundidad mayor que las corrientes para asistir, como un extraño, a los combates que libran los monstruos marinos». Naturalmente, el zoo onírico no abarca todas las especies animales, pero cabe decir que sí contiene muchas de ellas —salvajes o domésticas, pájaros, reptiles o insectos, cuya riqueza simbólica causa, según los casos, mayor o menor impresión—. Todas estas especies son susceptibles de denotar una situación psíquica de manera altamente significativa.
    El caballo, que desde tiempos inmemoriales ha sido considerado como una de las apariciones más nobles del reino animal, es uno de los grandes símbolos clásicos de la madre. Extremamente rico en significaciones, guarda relación con todas las formas cósmicas: con el principio femenino terrestre y con el principio masculino espiritual; es símbolo de la vida y a la vez símbolo de la muerte. En los cuentos, las leyendas sobre caballos juegan un papel primordial: previenen a los caballeros imprudentes, presienten a los fantasmas. Así, en La niña de los gansos, de Grimm, la cabeza decapitada del caballo Falada puede incluso hablar. La inexpugnable Troya sucumbe porque los sitiadores se introducen subrepticiamente en el vientre de un caballo de madera, símbolo del regazo materno. El caballo se corresponde en el hombre con el lado instintivo, mágico, con la intuición humana nacida del inconsciente, que encuentra una salida allí donde su inteligencia no logra discernir ninguna solución.
    En numerosos mitos, este equino mantiene relaciones con la muerte, a menudo representada bajo forma de un caballo. En el Apocalipsis, la muerte va montada sobre un caballo blanco. Plutón, dios de la muerte, lleva, en cambio, un caballo negro como el carbón. El caballo, como el agua, pertenece, por otra parte, al mundo de las divinidades infernales. Este vínculo se expresa mediante su relación con el dios Neptuno. El caballo soñado es, pues, algo más que una imagen de la madre; es la expresión misma de la potencia vital elemental y primordial del individuo. En los sueños de angustia pueden surgir caballos que se asustan y encabritan: denotan así un trastorno psíquico en la vida erótica del soñador.
    El caballo luminoso está simbolizado por su color; nos viene enseguida la imagen del caballo del carro solar guiado por Helios, o la silueta del caballo de Mahoma, que le condujo hasta las puertas mismas del cielo. En los mitos y leyendas el relámpago —clara significación fálica— surge de entre los cascos del caballo. Las brujas se transforman en caballos, y ambos comen hombres. La significación espiritual del caballo se expresa claramente cuando éste toma la forma de Pegaso —fuerza vital alada—. Finalmente, la acción de montar a caballo se corresponde con la posesión sexual; el caballo es la persona amada o, simplemente, la mujer que se posee.
    El toro, animal de combate pero también objeto de culto, está íntimamente vinculado a la vida y a la muerte. Impulsivo, ciego e indomable, esta fiera alberga en su naturaleza profunda algo de absorbente y algo también que recrea. Cuando persigue al soñador y le amenaza con sus cuernos, denota el hecho de que fuerzas naturales fuertemente vitales se han desencadenado y tratan de darle alcance; entonces, el soñador corre el peligro de convertirse en víctima de ellas. Por otra parte, hemos visto a menudo a los héroes de la mitología luchar contra toros salvajes; matándolos, han tratado de aniquilar su propia ferocidad para abrir paso a una naturaleza más ponderada. Este encuentro se produce a veces bajo forma de corridas. Así pues, los sueños sobre toros son indicios favorables en el sentido de que corresponden a la existencia de fuerzas poderosas y proclives a la acción. Pero denotan también el peligro, pues la inevitable confrontación con el toro implica siempre un combate difícil. Además, el toro puede simbolizar el padre furioso: imagen del complejo de Edipo; si se da muerte al toro, la interpretación es fácil: el hijo «mata» (elimina) a su padre para disfrutar del amor exclusivo de la madre.
    El perro es, psíquicamente hablando, el animal que está más cercano a nosotros. Personifica el instinto, el guardián, el compañero del hombre. Es al mismo tiempo símbolo de la madre. Algunos pueblos desaparecidos dejaban que los perros devorasen los cuerpos de sus muertos. Fue también símbolo de la muerte: en la Antigüedad se sacrificaban canes a Hécate, diosa de la noche, que preside lo que se abre y se cierra. Es entonces un ser crepuscular que se mueve en el umbral incierto que separa la consciencia de la inconsciencia. Es Cerbero, el perro de tres cabezas, que vigila la entrada del infierno. Los sueños en los que aparecen perros necesitan, para ser interpretados, la intervención amplificadora del recuerdo, que vuelve a trazar los encuentros con este animal doméstico y de caza. Las experiencias de juventud son especialmente significativas.
    El gato es el animal típicamente femenino: dulce y lleno de asperidades, disimulado, inconstante, irracional y delicioso, pero también peligroso, maullador y ronroneante. Para Baudelaire, por ejemplo, estos felinos pueden ser eléctricos y dulces; entonces «adoptan en el sueño nobles actitudes, /grandes esfinges alargadas al fondo de las soledades/ que parecen dormirse en un sueño sin fin». En las creencias populares, un gato negro que atraviesa una calle es anuncio de un mal presagio; en otros casos, el hechizo se manifestará si un gato maulla al amanecer. Para muchas tradiciones, el gato negro simboliza la muerte. Desarrollando estas ideas, Alphonse Aliáis propone una eficaz utilización de un gato salpicado con sulfuro de bario. Así, los sueños en los que intervienen gatos pueden revestir diversos significados según lo que cada soñador concreto proyecte sobre este animal.
    El hombre tiene tendencia a sentirse ofendido cuando sueña con el mono, debido, por una parte, a su insolencia, a su cortinua agitación, a sus molestos gritos y a su comportamiento indecente y lúbrico; por otra, a causa de su parecido con el hombre, porque no es completamente humano. Es lo que parece querer decirnos Guillaume Apollinaire en los siguientes versos:
    «Cuando en el sótano su mano pone, y se lleva la carne de conserva puede uno decir sin comprimirse las meninges: el hombre desciende del mono».
    El mono es el hombre velludo, nuestro antepasado, una caricatura degenerada de nosotros mismos que nos inspira vergüenza. El simio presenta un aspecto completamente diferente para los pueblos que lo consideran un animal libre, bastante ágil y vivo, y creen que los dioses ven en él la presencia de dioses y demonios. Los sueños sobre monos son una llamada en favor del desarrollo de la persona a la vez variada y estrechamente vinculada a la naturaleza.
    El león es uno de los símbolos representativos del fuego y el sol. Se encuentra bajo el signo zodiacal de Leo, cuyas fechas coinciden con la época de los mayores calores estivales, con el momento preciso en el que su potencia alcanza su punto álgido. El león es grande en su tranquilidad, ardiente y apasionado en sus deseos y despiadado en la destrucción. Así se muestra a menudo en los sueños de quienes han alcanzado el punto culminante de su vida, de aquellos que tienen que atravesar las llamas de sus fuegos interiores para alcanzar la plena madurez. El dios con cabeza de león, y el león sin más, son en nosotros dueños de lo intemporal, un presentimiento de una energía eterna.
    El oso fascina a los niños por su bondad aparente, aspecto maternal y tranquilidad. Se le atribuyen, pues, cualidades femeninas, confirmadas posteriormente por la cálida apariencia de su piel y la forma achaparrada y redonda de su cuerpo. El oso se convirtió enseguida en una divinidad —deidad de las cuevas y los arbustos—, potente símbolo animal de la femineidad, que pertenece a las profundidades del inconsciente. No es, pues, casual que se haya situado a los osos en hoyos, donde se les prodigan toda suerte de mimos. Jung piensa igualmente que el oso soñado puede denotar el aspecto negativo de una persona demasiado ordenada.
    A la vez hermano-lobo y lobo-maldito, un único lobo vaga por un lugar indeterminado; de repente, los hombres abren temblando la puerta de su guarida, y lo que suscita este miedo no son tanto las matanzas que puede provocar como una angustia sagrada, casi ancestral —entente de elementos contrapuestos en un paraíso perdido que lo es desde los tiempos más remotos—. En la mitología, unas veces es un ser benéfico; otras, encarnación de Satán. En los cuentos de Caperucita roja y de los Siete cabritillos aparece como un monstruo devorador de niños, lobo perverso, licántropo y divinidad de los infiernos. Nictálope, el lobo es también símbolo solar. Es el héroe solitario que desafía a quienes lo persiguen. Es también la cara feroz del inconsciente; finalmente, un personaje social: si el hombre es un lobo para el hombre, el lobo lo es raramente para el lobo.
    El ratón y la rata forman parte de los símbolos fálicos. El miedo a los ratones, muy generalizado entre las mujeres, es un miedo simbólico que no se corresponde en absoluto con el carácter inofensivo de este pequeño animal. Ambos están vinculados a la muerte. Los ratones eran portadores de las almas de los muertos, pues se los veía salir de las tumbas donde se amontonaban los víveres destinados a los difuntos; otras veces eran incluso esas mismas almas, ina-prehensibles. En China y Egipto, la rata se convierte en el dios de la peste; entre los griegos, el ratón desemboca en la figura de Apolo Esminteo, que lanzaba las flechas de la peste. Los sueños sobre ratones y ratas significan a menudo que algo en la vida del soñador ha sido usado por el «diente del tiempo» y está maduro para desaparecer.
    El pájaro pertenece al cielo, al mundo espiritual, sobre todo los pájaros pequeños, como la alondra, «brasa extrema del cielo y primer ardor del día» (Rene Char), la golondrina y todas la aves cantoras. El aire es el medio donde habita el espíritu por excelencia. Dado que es al mismo tiempo el ámbito en el que se mueve el pájaro, éste se ha convertido en el ser espiritual por antonomasia, análogo al pensamiento. Los pájaros oníricos desvelan la existencia en nosotros mismos de pensamientos groseros (revolotean, se golpean contra las paredes de una habitación o de un granero sin encontrar la salida) y de los pensamientos que vuelan hacia nuestros semejantes. Después el hombre se ha detenido a escuchar las voces de estos volátiles, que a veces son armoniosas. Ha observado también su comportamiento amoroso y ha llevado la alegoría a la vida sexual del hombre.
    En muchos mitos son precisamente los pájaros los animales que hacen bajar el fuego del cielo y lo llevan a los hombres. Durante los tiempos védicos, en la India, se representaba al cielo como un águila gigante —animal real, señor de los aires, de significación casi siempre positiva—; otras veces figuraba un cisne. Gañida, el maravilloso pájaro indio, así como el ave fénix egipcio, son, sin lugar a dudas, dos dioses del Sol.
    El cuervo es en muchos mitos un dios bienhechor, creador del mundo, promotor de la civilización que guía a los ejércitos y dirige las naves. No solamente lleva el fuego, sino también el agua que pide al águila y con la que colma mares y ríos. Pero en la mayoría de las claves oníricas, el cuervo, siempre cercano a las tinieblas, es un símbolo negativo, mensajero de desgracias —come las semillas y devora los cadáveres abandonados junto a las horcas—. Entonces puede simbolizar el combate psíquico que libran entre sí los pensamientos claros y las ideas oscuras.
    El buitre, que se alimenta de carroña, denota la muerte-madre, en cuyas entrañas los difuntos son despedazados y recompuestos para la resurrección.
    La serpiente es un símbolo onírico muy importante, emblema creador del sexo masculino e imagen universal de la libido. La variedad de sus posibles apariencias la asimilan tanto al campo terrestre como al acuático; es peligrosa por su mordedura venenosa, capaz de ahogar mediante sus enlazamientos poderosos, fálica en su forma y, dada su naturaleza de animal de sangre fría, divinamente superior y alejada de los hombres. Su característica biológica de mudar completamente de piel la emparenta con la idea de renacimiento. Sus movimientos son tortuosos y, cuando se enrosca, su cabeza y su cola parecen unirse formando un anillo dotado de una vida extraña. Cuando muchas serpientes se agitan hormigueantes aglomerándose en un montón, o se dispersan bruscamente por doquier, este animal denota la existencia de grandes fuerzas psíquicas en acción cuya unidad todavía no se ha realizado, pues aún no se ha deshecho una salvaje confusión entre fuerzas primitivas. Este trastorno llega incluso a repercutir en el comportamiento consciente. Cuando la serpiente se muerde la cola, forma un anillo eterno de energías vitales. Los sueños en los que aparecen serpientes rojas y negras, o amarillas o negras, de naturaleza muy inquietante, pertenecen al reino sombrío de Satán. Una serpiente verde es el símbolo de la vegetación: más inofensiva entonces, se convierte en alegoría de la vida elemental y de sus energías. Cuando es negra puede denotar las fuerzas psíquicas que actúan en la oscuridad.
    El símbolo de la serpiente pertenece a Mercurio, dios inteligente y hábil al que numerosos mitos atribuyen la invención de la escritura y que es igualmente el guía de las almas en el mundo de las divinidades infernales. El emblema de Mercurio es el caduceo, la vara de madera de laurel, olivo o abedul en la cual confluyen los elementos del cielo y la tierra. Esta serpiente alada, potencia bisexuada, es un símbolo de la paz. En Esculapio —hijo de Apolo y dios de la medicina en la mitología antigua, que no solamente podía curar a los enfermos, sino además resucitar a los muertos—, la serpiente, situada a sus pies, es el símbolo del tiempo y de la vida sometida a una eterna renovación. La serpiente del Paraíso terrenal desempeña el papel de tentador, del conocimiento peligroso que determinó la expulsión de Adán y Eva del Paraíso cuando tomaron conciencia de su sexualidad. La piel de la serpiente, de ese ser deificado o maldito, guardián de los secretos de los templos, se asemeja quizá a nuestro temor a los espíritus y al abismo.
    En este estadio es plausible mostrarse algo exasperado por el hecho de que estos materiales oníricos —lejos, por otra parte, de ser exhaustivos— remiten a un mundo de símbolos sexuales: todo lo que nos rodea, todo aquello que podemos coger con la mano sólo será, pues, símbolo sexual. ¿Nada más? Freud nos da la respuesta: «Admito que existen cosas hechas para sorprender, y el primer problema que se plantea de forma enteramente natural es el siguiente: ¿Cómo podemos conocer el significado de los símbolos de los sueños cuando el mismo soñador no nos proporciona ninguna información sobre ellos, o todo lo más informaciones claramente insuficientes? Respondo: este conocimiento nos viene de una pluralidad de fuentes, de los cuentos y de los mitos, de las farsas y los chistes, del folkclore, es decir, del estudio de las costumbres, usos, proverbios y cantos de los diferentes pueblos, del lenguaje poético y del lenguaje de todos los días. En todas estas manifestaciones culturales encontramos por doquier el mismo simbolismo que comprendemos a menudo sin la mínima dificultad. Examinando estas fuentes unas tras otras, descubrimos un paralelismo tan grande con el simbolismo de los sueños que, después de estudiarlas detenidamente, la certeza de nuestras interpretaciones saldrá fuertemente acrecentada».
    Volvamos a los animales. En la araña, muchos ven, desde los tiempos más remotos, la artística tela que tejía; otros, en cambio, a un arácnido al acecho, dispuesto a abalanzarse sobre las presas extraviadas en su red. Por un lado, su obra retiforme impresiona y se convierte en el símbolo de una centralización inteligente de las energías psíquicas. La forma de la tela evoca el sol, que este animal colorea con los tonos del arco iris; obteniendo de sí misma la sustancia necesaria para la acción de tejer, adopta una función positiva; se convierte entonces en el ser que conoce los secretos de la vida, del pasado y del porvenir. Por otra parte, despierta la repulsión porque acecha y atenaza a su presa; inmóvil en el centro de su tela, reacciona con una extrema rapidez. Tiene «el mal de ojo»; es el símbolo de la mujer embrujadora, de esa mujer viril y satánica que quiere la destrucción del macho. La araña y el insecto corresponden de hecho al sistema nervioso que no está bajo la dependencia de la verdad consciente.
    Es también el caso de la hormiga, de su leve cosquilleo, de su hormigueo, de su proliferación multitudinaria y de su inquieto movimiento que, como los nervios del gran simpático, no conoce reposo. Los insectos nos sitúan bajo el fulgor obsesivo del miedo. El visionario, el soñador diurno, los observa lúcidamente: «Vi insectos de nueve segmentos con ojos enormes semejantes a ralladores y con un corsé con un enrejado parecido al de las lámparas de los mineros; algunos grupos avanzaban con antenas murmurantes; unos estaban dotados de una veintena de pares de patas que, en realidad, parecían grapas; otros, que ronzaban bajo los pies como moluscos, producían la impresión de haber sido hechos con laca negra y nácar; un tercer grupo parecía elevarse sobre patas, como segadores dotados de pequeños ojos de alfiler; eran rojos como ratones albinos, verdaderas brasas encaramadas en tallos, y reflejaban una expresión de indecible alocamiento; (…) avanzaban por millares formando un conjunto difuso de objetos de cristal que irradiaban una claridad de luz y de sol tal que, tras su paso, todo se mostraba ceniciento y salido de la noche más tenebrosa».



     
     

    Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *