Home / Sueños / Las claves de los sueños

    En esta perspectiva de comunicación con los dioses, con los muertos, el sueño, en estas regiones lejanas, tiene todavía un sentido, encierra un mensaje, y este mensaje reviste una importancia capital para el individuo o para la colectividad; un proverbio árabe dice que «un sueño no interpretado semeja un pájaro que vuela por encima de la casa sin llegar a posarse encima de ella».

    Pero este sentido permanece tan excesivo como confuso, pues el lenguaje no es unívoco, sino que mucho más a menudo es simbólico. Todo sueño, incluso aquel que parece más claro, exige una interpretación. Por ello, la mayoría de las civilizaciones antiguas nos han legado testimonios no solamente de la existencia de una literatura destinada a la explicación de los sueños, sino también una verdadera institucionalización del sueño y de su interpretación, con la presencia habitual de intérpretes de oficio.

    De esta práctica la Biblia nos ofrece numerosísimos testimonios —dentro de una larga lista cabría citar aquí los sueños de Nabucodonosor, los del Faraón, los de su panetero o los de su copero—. En la literatura posbíblica, el sueño es en sí mismo indiferente; es la interpretación lo que cuenta, lo que es presagio eficiente y lo que fuerza la realidad. «Veinticuatro intérpretes del sueño se habían establecido en Jerusalén. Un día tuve un sueño y consulté uno a uno a todos los intérpretes. Cada uno de ellos me dio una interpretación diferente y todas se realizaron en mí conforme a lo que se dice: el sueño sigue a las palabras de quien lo interpreta.»

    Es precisamente a este problema de la interpretación a lo que responde una gran parte de la literatura onírica con innumerables «claves de sueños», que son otros tantos léxicos destinados a descifrar mensajes misteriosos y desconcertantes. «Nada más sorprendente para el espíritu —exclamaba el poeta surrealista André Bretón— que ver a qué vicisitudes ha sido condenado el examen del problema del sueño desde la Antigüedad hasta nuestros días. Mediocres “claves de sueños” continúan circulando, indeseables como fichas de teléfonos, por el escaparate de las librerías vagamente populares. Sin esperanza alguna tratamos de descubrir en las obras de los filósofos menos tarados de los tiempos modernos algo que se parezca a una apreciación crítica, moral, de la actividad psíquica tal y como se ejerce sin las directivas de la razón.»

    Pululantes, sin embargo, estas claves de paraísos sirven para todo, pues no hay nada en la naturaleza humana —ni el absurdo, ni el milagro, ni la contradicción— que no pueda ser soñado, y es prácticamente imposible que la parte más ínfima de estos productos llegue a realizarse. Es, pues, necesario que el exégeta reduzca su infinita proliferación al pequeño número de acontecimientos que, obligatoriamente, pueden advenir en la breve vida de un hombre: amor, viaje, fracaso o éxito, fortuna o lo ineluctable por excelencia —la muerte—. La fórmula sólo puede tener éxito.

    Cuando el soñador aficionado se dedica también a la hermenéutica —ciencia de la interpretación—, además de correr el riesgo de tomar el sueño al pie de la letra, como si diera indicaciones claras y precisas sobre los acontecimientos reales (algunos lamentan esta ausencia de «paso a la acción», como Bonaparte en Francia cuando escribe: «¿Te acuerdas de ese sueño en el que yo era tus zapatos, tus trapos y te obligaba a entrar completa en mi corazón? ¿Por qué la Naturaleza ha dispuesto las diferentes cosas de un modo tan diverso? No cabe duda de que queda mucho por hacer» M.), tenderá a activar toda suerte de modificaciones benignas, a conferir al sueño aquel significado que le gusta en el momento. Lo interpretará en el sentido de sus deseos, de sus aprensiones y de sus intenciones. Finalmente, «las explicaciones del sueño son infinitas; sea cual fuere el sistema de desciframiento, el sueño responde, e incluso parece constituirse, para dar una respuesta en el mismo sentido en el que se le pregunta».

    En una óptica moderna, estas claves de los sueños se muestran esencialmente como proyecciones mentales de sus autores sobre el material onírico y, por este mismo hecho, pueden ser consideradas como documentos históricos y sociológicos sobre los problemas lacerantes que inquietan a la conciencia humana en una u otra época del pasado.



     
     

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