Home / Sueños / La vida es sueño

    Hay que tratar de delimitar las cuestiones que suscita el sueño teniendo en cuenta el hecho de que su mundo, apenas entrevisto, es una realidad y que constituye de hecho una forma esencial y profunda de nuestro ser más auténtico. Explicar la presencia del sueño a través del estado de vigilia es cometer un acto de barbarie, pues todos nosotros somos simultáneamente nuestro sueño y nuestro estado de vigilia. Nerval ya nos lo había advertido: «No hay que ofender el pudor de las divinidades del sueño».

    Establezcamos, pues, de entrada las fronteras (¿los lindes?) que separan lo que nosotros somos de aquello que escapa a nuestro propio ser; ¿cuál es la parte de nuestra vida en la que aceptamos reconocernos? ¿En las actividades conscientes o en las misteriosas, que inventan dignos instrumentos de conocimiento?
    Descartes enuncia claramente el problema en sus Meditaciones metafísicas: «No cabe duda de que ofenderíamos a un hombre sensato si le dijésemos que no puede existir otra razón que ellos (estos melancólicos de la corte) para asegurar su creencia, puesto que, como ellos, confía en lo que los sentidos y su imaginación le representan.

    Este mismo hombre no encontraría, sin embargo, tan desatinado que se le preguntase si, como todos los mortales, se halla sujeto al imperio del sueño, y que si mientras duerme no puede pensar que me ve, que se pasea por este jardín, que el sol le ilumina, y en definitiva sobre todas aquellas cosas que parecen fundamentar sus certezas. ¿No ha oído nunca estas palabras de sorpresa que a menudo se pronuncian en las comedias: ¿Estoy despierto o duermo? ¿Cómo puede usted estar tan seguro de que su vida no es un sueño continuo y de que todo lo que cree percibir por los sentidos no es falso, —tanto lo que ocurre ahora mismo como lo que sucede en los momentos en los que duerme—?».

    Jacques Derrida piensa que en este pasaje, «que corresponde a la fase de duda fundada sobre razones naturales, Descartes no elude la eventualidad del error sensible del sueño (…) y que tampoco descarta en ningún momento la posibilidad del error total en relación a todo conocimiento que tenga su origen en los sentidos y en las composiciones de la imaginación. Hay que esforzarse por comprender que la hipótesis del sueño es la radicalización, o si se prefiere la exageración hiperbólica, de la hipótesis según la cual los sentidos a veces podrían inducirme a error. En el sueño, la totalidad de mis imágenes sensibles es ilusoria. Resulta de todo ello que una certidumbre invulnerable al sueño lo sería a fortiori también a la ilusión perceptiva de orden sensible».

    Así pues, Descartes no establece ninguna conclusión positiva, sino que se orienta provisionalmente a proyectar sobre nuestro entendimiento una sombra de duda, de malestar sobre todo lo que está relacionado con la experiencia sensible; no tuvo ninguna necesidad de volver sobre los errores inducidos por los sentidos y las ilusiones ópticas, «una carne tan común», que también fueron señalados por Cicerón, Montaigne y Platón: «Los mismos objetos parecen quebrados o enderezados según se los mire dentro del agua o fuera de ella; en otras ocasiones, cóncavos o convexos. Todo ello se debe a ilusiones visuales producidas por los colores. No cabe la menor duda de que esto sume nuestra alma en un estado de inquietud». Descartes resuelve el problema enseguida a través de la duda metódica; fundamenta su argumentación en la coherencia y continuidad de las percepciones que se producen durante el estado de vigilia: «Estas dudas, que tanto os han atemorizado al principio, son como fantasmas y vanas imágenes que, hallándose iluminadas por una luz tenue e incierta, se asemejan a la noche: si huís de ellas, vuestro temor os seguirá allá adonde dirijáis vuestros pasos; pero si, por el contrario, os acercáis a ellas como si quisierais tocarlas, descubriréis enseguida que no hay nada, sólo aire y sombra, y en el futuro no abrigaréis tantas dudas cuando tengáis encuentros parecidos».

    El filósofo Jean-Paul Sartre en su obra Lo imaginario propone una solución parecida al problema: la esencia misma de la percepción diurna, el hecho de que en cada instante podemos confirmarla o invalidarla, o en otros casos enriquecerla mediante una adaptación constante al mundo, hace que ésta percepción que se produce durante el estado de vigilia no pueda ser confundida con las representaciones oníricas. En el sueño, la percepción es puramente imaginaria; es decir, que el hecho de preguntarse si se está soñando o no no garantiza en modo alguno que la conciencia se lo pregunte también.

    Dadas las interferencias existentes entre el universo del sueño y el de la vigilia, el carácter de irrealidad puede hacerse tan penetrante que tiende a reducir a polvo lo real; turbando, fascinando, puede convertirse en esta misma realidad. Para Miguel Ángel Asturias, la noche es la gran instigadora: «Ha destruido todo, el sol del viento, salvo la noche…, la noche, espejismo de luna, que invita, no a vivir (¡Oh! ¡Mentira! ¡Mentira!), sino a soñar… La única verdad, la única realidad, es el sueño…, sentirse el sueño de su propio sueño…, y más allá todavía…, el sueño del sueño de su propio sueño…, y yendo aún más lejos…, el sueño del sueño del sueño de su propio sueño». Onirismos fluctuantes, casi carnales, pueden hacernos aprehender otro fenómeno: el de la muerte convertida en realidad tangible: «¿Era un sueño? ¿Se trataba del sueño de un sonámbulo, de un sueño en el sueño, y consiguientemente más real que un sueño, pues no es posible someterlo a la prueba de la conciencia, puesto que este sueño se despierta de nuevo en el sueño? A menos que fuera un sueño divino, sueño del tiempo y de la eternidad.

    Un sueño sin ilusiones y sin incertidumbres, sueño dotado de lengua y sentido propios, sueño no solamente del alma, sino también del cuerpo, sueño de contornos claros y precisos, con su lengua y sus sonoridades, sueño que se puede palpar, que es posible verificar fácilmente, con olor, que puede oírse, sueño más fuerte que el estado de vigilia, sueño como el que quizá sólo tienen los muertos, sueño que no se deja negar por la cuchilla de afeitar que corta la barbilla, pues la sangre brotaría enseguida, y todo lo que se hace no es más que la prueba del estado de vigilia y realidad; en este sueño sangra la piel y sangra también el corazón, el cuerpo se regocija; no encierra otro milagro que la vida; de este sueño sólo se sale para penetrar en la muerte».



     
     

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