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    soñar con la muerte
    La muerte surge a menudo allí, proteiforme e imperturbable. Socava los cimientos del intelecto, hecha por tierra las realidades y aniquila la conciencia. La muerte va a liberar y exasperar angustias que, repentinamente, han sido privadas de protección. En este desastre del pensamiento —«La muerte roe su propio concepto»— (Edgar Morin), el hombre tratará de rechazarla como a una bestia salvaje con la que librara un enfrentamiento a vida o muerte.

    No obstante, el soñador debe saber que la muerte tiene a menudo una significación completamente diferente a la de la pérdida real. Nuestra muerte atestigua una muerte psíquica; cuando soñamos con la muerte de una persona, nos las tenemos que ver con la misma relación con esa persona. Freud ha señalado que soñar con la muerte de una persona próxima a nosotros puede significar que nuestro inconsciente alberga el mismo deseo de su muerte. Señala también que este deseo de muerte se corresponde con la idea que de este acontecimiento se forman los niños, para quienes esta muerte sólo significa marcharse y no volver.

    Jung insiste sobre otra significación de los sueños de esta naturaleza: soñar con la muerte de una persona denota un alejamiento de una participación mística con ella, la desaparición psíquica de un elemento obsoleto y muerto en este sentido. Se retira una proyección sobre este objeto, y el sueño dramatiza estos datos psíquicos hasta el punto donde muere la persona portadora de la proyección. Si, por el contrario, se trata de una muerte real, quien muere oníricamente es un ser que personifica la vitalidad animal.

    Si no entendemos el significado del sueño, debemos preguntarnos por quién o por qué nuestro interior guarda luto actualmente. Puede tratarse de la muerte de un amor cuya realidad fáctica no queremos ignorar, amor cuya intensidad se redobla porque sabemos que la vida ha dejado de existir.

    Es precisamente en los momentos en los que alcanzamos la cumbre de la fase ascendente de nuestra vida cuando los sueños de .muerte nos ayudan a aceptar lo ineluctable claramente, con la conciencia de adaptar a esta realidad nuestra manera de vivir. Entonces es posible que la muerte, casi una silueta tangible, venga a encontrarnos a nuestra habitación, como ocurría en la Edad Media con las danzas de la muerte.

    Mucho más atemorizante que soñar con la muerte sin más es soñar con cadáveres. Un cadáver está, en efecto, más que muerto, pues ha dejado de animarle el mínimo soplo de aliento vital. Sin saberlo, el soñador puede encontrarlo en el sótano, en la buhardilla, incluso debajo de su cama. El hecho de descubrir un cadáver en la maleta denota algo que está completamente muerto y que el soñador arrastra todavía consigo, algo que habría debido enterrar desde hace mucho tiempo.

    El cadáver puede también corresponder a una concepción de la vida como una realidad que se ha abandonado, pero a la cual el soñador continúa refiriéndose exteriormente; la sacrifica como si fuera una convención muerta que alimenta a expensas de lo que es indispensable, de la vida que se desarrolla. Cuando se sueña con ataúdes, es preciso recordar que estos receptáculos de muerte están confeccionados con el material del árbol, que es un símbolo de vida.

    A menudo, el ataúd puede parecerse a un barco, pero es éste el que precisamente presenta analogías con un féretro que atraviesa el oscuro mar de la muerte para dirigirse hacia riberas lejanas y claras. El ataúd que contiene el muerto, como el cadáver, no debe quedar en el interior de la casa.

    Algunos sueños representan entierros con muchos detalles impresionantes. Cada uno de los trastornos o perturbaciones que el sueño proporciona en el desarrollo del rito presenta una significación específica. Se trata entonces de observar detenidamente los coches, la carroza fúnebre, así como el cortejo en el que a menudo es posible reconocer a dos o tres personas.

    Pero una última pregunta queda todavía sin responder: ¿a quién se entierra aquí? Si el soñador se hace esta pregunta al despertar y se acuerda de que este sueño denota en primer término uno de sus propios contenidos psíquicos, podrá desembarazarse mejor de lo que debe ser erradicado para empezar una existencia más clara, más aireada. Evidentemente, puede tratarse de un verdadero adiós que algunos deben pronunciar en su fuero interno.

    Todos nosotros tenemos una tumba que alberga a un ser querido; a veces, vamos a visitarla a un cementerio más o menos alejado. Pero dentro de nosotros mismos existe igualmente un cementerio —el de las ilusiones perdidas y las despedidas definitivas—. La significación de los sueños sobre cementerios es transparente: se trata de la casa de los muertos.

    Quien se ve transportado a ella va en realidad a la búsqueda de un universo que encierra todavía para él alguna vida secreta; y se encamina allí cuando la vida sólo le ofrece puertas cerradas, cuando los problemas existenciales le tienen prisionero y no encuentra soluciones; pedirá entonces una respuesta sobre la tumba de quienes se han llevado consigo muchas cosas de esta vida. El soñador está sentado sobre el borde de la tumba, o bajará a la sepultura, es decir, al seno mismo de la muerte para permanecer allí durante algún tiempo.

    Penetra así un amplio y grave símbolo —pues los muertos son poderosos— cuya finalidad es recuperar vigor gracias a algo que parece inerte pero que a la vez es inmenso y prodigioso: la muerte es igualmente vida. Otros permanecen abajo —los antiguos griegos creían que las sombras de los muertos estaban sedientas de la sangre de los vivos— y se dejan aspirar lo poco que les queda de vida.

    Los soñadores deben ir a los cementerios en busca de una tumba para arreglar un problema todavía no resuelto con un difunto. Otros llevan allí flores o coronas sin saber demasiado por qué lo hacen; probablemente hay una regresión, un reflujo de sentimientos que no habían podido manifestarse adecuadamente en el presente. Estos sueños son frecuentes entre las personas ancianas.

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