Home / Sueños / La incertidumbre que viene de los sueños

    La existencia de un universo onírico y la fe que le profesa el soñador plantean en cada uno de nosotros un apremiante problema clásico, más o menos claro, más o menos perenne, y que podría enunciarse así: dado que cuando soñamos no tenemos conciencia de soñar sino que, por el contrario, pensamos estar sumergidos en la vida real, ¿qué es lo que prueba que, como contrapartida, en el momento en el que tenemos el sentimiento de estar despiertos no estamos soñando?

    Dicho con otras palabras: puesto que es un hecho indudable que los sueños se confunden con la realidad, al menos durante el sueño, no se puede estar seguro cuando no se sueña de no confundir inversamente la realidad con los sueños. Asunto que presenta infinitas facetas, que afecta al sentido que damos a nuestras vidas, a las alternativas que debemos tener presentes entre nuestras posibilidades interiores, al problema del conocimiento.

    Se trata, en suma, de una de las tres o cuatro preguntas fundamentales a las que no es posible dar una respuesta que satisfaga únicamente al pensamiento abstracto sin la intervención de la existencia y de la angustia elemental, pues no nos las tenemos que ver con interrogantes suscitados por nosotros mismos, sino que, al parecer, debemos plantearnos preguntas que nos arroja violentamente a la cara una realidad indefinible pero también inmarcesible que nos engloba en su ámbito —que es un orbe más amplio que nosotros mismos.

    ¿Somos nosotros los que soñamos durante la noche? ¿O nos hemos convertido, por el contrario, en el lugar imaginario de un teatro unas veces grotesco e irrisorio, otras hierático y preñado de sabiduría que establece relaciones determinantes con nuestro propio destino o con otros acontecimientos que nos sobrepasan? ¿Es quizá preciso creer que asistimos pasivos a ese momento, escribe Aragón, en el que «todo se (nos) escapa, cuando inmensas grietas resquebrajan el palacio del mundo», cuando nuestro pensamiento, alocado, desespera en estos instantes desolados que siguen a los gritos anónimos pronunciados en un desierto de astros indiferentes?

    La última perplejidad, la más radical, no es la menos tenaz: puesto que en todos los momentos que dura el sueño el durmiente no sabe que sueña e incluso está convencido de que está despierto, está claro que no hay ningún momento en el que quien se cree despierto no deba dejar subsistir en él la sospecha de que quizá está soñando. Aristóteles ya decía de manera extraña, pero demostrando gran sutileza, que quien se detiene en esa región razona «como un vegetal».



     
     

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