Home / Sueños / La geografía del sueño

    El sueño nos permite recorrer con desahogo absoluto e indudable rapidez los lugares más variados; sus escenarios también podrán ser visitados y a menudo presentarán la infinita diversidad de los paisajes naturales. No obstante, estos decorados del sueño, sea cual fuere su naturaleza —cueva o amplitud cósmica, campos o ciudades—, presentan un determinado número de rasgos comunes. Primero, el entorno geográfico no preexiste al soñador: todo ocurre como si su imaginación suministrase, a medida que se suceden los diferentes escenarios oníricos, los elementos y los detalles necesarios; el panorama, pues, se precisa o se metamorfosea. De este hecho, aunque puede ser muy variado, permanece una imagen generalmente pobre, ni exuberante ni barroca, pues la imaginación sólo suministra lo que es estrictamente necesario. Añadamos la observación, que se hace a menudo, de la ausencia general de sol en los sueños: escenarios, personajes y objetos aparecen uniformemente iluminados, como si la luz emanara de ellos mismos y de la contención del soñador que los contempla.

    El paisaje puede pertenecer a un mundo familiar: un determinado pueblo en el que hemos pasado nuestras vacaciones, una concreta playa de mar. A menudo, dos paisajes se superponen como dos películas; el sueño se refiere entonces manifiestamente a dos escenarios; el segundo es un afinamiento del escenario onírico y destila toda suerte de matices. Tan frecuentemente como en un decorado habitual, la acción onírica puede desarrollarse en un escenario cuyas líneas generales no se conocen.

    Así, es posible encontrar bosques salvajes, abruptas montañas y vastas llanuras: en estos casos, el paisaje es siempre simbólico. Pero esta geografía desolada no es quizá todavía tan aterrorizante como el desierto —en la realidad y en los sueños—. Allí todo parece destinado al exterminio; en algunos sueños vemos pulular serpientes; el agua, sinónimo de vida, se ha agotado. Para quien sueña, se trata de un momento vacío al que siempre acompañan manifestaciones peligrosas. Éstas son inseparables de la soledad: alucinaciones visuales y auditivas denotan la pérdida de contacto con la existencia. Pero el soñador se mueve igualmente en paisajes armónicos y agradables.

    Durante el siglo XIX, época de éxodo rural y urbanización masiva, el marco del sueño se urbaniza: las formas predominantes de las ciudades-torres-de-Babel y el Oriente, verdadero viaje iniciático, son percibidas en numerosos sueños; en este campo, la fotografía y la ampliación del conocimiento del mundo juegan un papel preponderante.

    M. Auguste Bedloe, en sus recuerdos narrados por Edgar Alian Poe, evoca la ciudad que vive, oye, huele, ¿sueña sobre todo?: «Me encontré al pie de una alta montaña que dominaba una vasta llanura por la cual discurría un río majestuoso. Al borde de este río, se elevaba una ciudad de aspecto oriental, tal y como las que aparecen en Las mil y una noches, pero con unas características todavía más singulares que las otras que se han descrito en este libro. Desde mi posición, muy por encima del nivel de la ciudad, dominaba todos sus rincones y cada una de sus recovecos, como si hubieran sido dibujados en un mapa.

    Las calles parecían innumerables y se entrecruzaban irregularmente en todas las direcciones, pero, en realidad, no parecían tanto calles como largos paseos tortuosos, y estaban atestadas literalmente de gente. Las casas eran extrañamente pintorescas. A ambos lados proliferaban por doquier balcones, miradores, minaretes, hornacinas y torre-tas cortadas en formas fantásticas. Abundaban los bazares: se extendían allí, con variedad y profusión infinita, las mercancías más ricas —sedas, muselinas, los cuchillos más fascinantes, los diamantes y joyas más deslumbrantes—.

    »Junto a todas estas cosas, podían verse por todos los lados enseñas, palanquines, literas donde yacían bellísimas damas cuyos rostros estaban cubiertos por severos velos, elefantes fastuosamente ataviados, ídolos grotescamente tallados, tambores, banderas y gongs, lanzas y mazas doradas o plateadas. Y en medio del gentío, entre un millón de hombres negros y amarillos, con turbante y barba flotante, circulaba una multitud innumerable de bueyes santamente adornados con cintas, mientras que grupos de monos sucios y venerables trepaban chirriando y dejando oír sus gritos sonoros detrás de las cornisas de las mezquitas, donde se suspendían de los minaretes y las torrecillas. De las calles, por las que pululaba una multitud hormigueante de personas, bajaban hasta los muelles del río innumerables escaleras que conducían a los baños, mientras que el río, por su parte, parecía abrirse paso con dificultad a través de vastas flotas de edificios sobrecargados que atormentaban su superficie en todos los sentidos».

    El soñador que habita regiones alejadas del mar puede soñar que se encuentra en un paisaje al borde del agua. Cuando los recuerdos personales no prevalecen, puede decirse que participamos en el mar primitivo del inconsciente colectivo.

    Para Jung, el mar es el símbolo de este inconsciente porque, por debajo de los reflejos brillantes de su superficie, encierra profundidades insospechadas: «A través de sus claros horizontes y oscuros abismos, es precisamente la luminosidad del sol, la fascinación, lo que emana del inmenso y poderoso inconsciente. Las ninfas constituyen una personificación de este aspecto insondable; en los sueños masculinos representan contenidos muy lejanos del yo que aparecen sobre las riberas de la conciencia».



     
     

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