Home / Sueños / La época contemporánea

    La segunda mitad del siglo XX está marcada por tres hitos fundamentales en relación al mundo del sueño: el triunfo de las teorías freudianas, algunos de cuyos conceptos básicos —complejo, represión, sexualidad, pulsión—, que habían suscitado reticencias o indignación en el momento en el que fueron formulados, han pasado hoy día a formar parte del acervo del lenguaje cotidiano; la prolongación duradera de la influencia del surrealismo —como prueban, por ejemplo, algunos de los sketches de Raymond Devos—; finalmente, la influencia de un escritor en lengua alemana, Franz Kafka, cuyos escritos, indudables obras maestras de la literatura universal, están completamente inmersos en la atmósfera de pesadilla inminente a la que nos hemos referido más arriba y han dado carta de naturaleza definitiva al sentimiento del absurdo, piedra de toque existencial.

    Encontramos también valiosas muestras del mundo onírico en autores tales como Buzzati, lonesco, Thomas Bernhard, Cortázar, Savinio o Elias Canetti, quien bosqueja una galería de retratos soñados no, que va desde el «calienta-lágrimas» al «mordedor-de-casas», desde el «agita-desgracias» hasta el «habla-primero», que tiene la fortuna de hacer coincidir en perfecta simbiosis sueño y realidad, pues «habla sobre patines y adelanta a los peatones. Las palabras se le caen de la boca como avellanas huecas. Estas palabras son ligeras, pues están vacías, pero hay muchas. De entre mil vacías hay una llena, pero es una casualidad. El “habla-pri-mero” no dice nada en lo que antes haya pensado; siempre empieza por decirlo. No es su corazón lo que se desborda, sino su lengua. Poco importa tampoco lo que dice, siempre y cuando tome la iniciativa. Con un guiño del ojo indica que continúa hablando, que todavía no ha terminado; después guiña de nuevo los ojos, y los guiña durante tanto tiempo que su posible interlocutor pierde cualquier esperanza y se resigna a escuchar».

    Por otra parte, en Acontecimientos, Thomas Bernhard nos sitúa frente a ásperos estallidos oníricos: «Una máquina que se parece a una guillotina corta grandes trozos de una masa de caucho que avanza lentamente. Después los deja caer encima de una cinta transportadora que se halla un piso más abajo y delante de la cual están sentadas varias obreras que deben controlar los diferentes trozos y embalarlos en grandes cartones. Hace nueve semanas que esta máquina ha entrado en funcionamiento, y ninguno de quienes han asistido a esta ceremonia olvidará nunca el día en que ha sido puesta a disposición de la dirección de la fábrica.

    Había sido llevada a la fábrica en un vagón de ferrocarril especialmente construido para ella, y los oradores habían señalado que esta máquina representaba uno de los mayores logros de la técnica. A su entrada en la fábrica había sido acogida con música por una orquesta, y los obreros, como los ingenieros, se quitaron los sombreros para darle la bienvenida. Su montaje había durado quince días y sus propietarios pudieron aprecia]; detalladamente sus prestaciones técnicas y su fiabilidad. Sólo hay que engrasarla regularmente cada dos semanas con aceite especial.

    Para ello una obrera debe subir por una escalera mecánica en caracol y vertir lentamente el aceite por una válvula. Se ha explicado a esta obrera hasta en sus mínimos detalles todo lo que tenía que hacer. Pero, a pesar de ello, un día la muchacha se resbala, con tan poca fortuna que es decapitada. Su cabeza queda aplastada abajo, como los trozos de caucho. Las obreras sentadas en la cadena quedan tan espantadas que ninguna acierta a articular un grito. Manipulan la cabeza de la muchacha maquinalmente, como si fuera un trozo más de caucho. La última obrera coge la cabeza y la embala en un cartón».

    Necedad, vanidad, cobardía, crueldad, megalomanía y mentiras estallan y brillan con luz propia en lo que mejor parece traducir el sueño del hombre contemporáneo: el que se hace en estado de vigilia y que se duda en llamar con el bello nombre de ensoñación, que «sólo es un pensamiento que no piensa en nada» (Jules Renard).

    Este «sueño» es el que se tiene delante de una televisión que bala y ante su omnipresente publicidad dócil a los dictados de la mentira, delante de un montón informe y una profusión de imágenes inmersas en una quimera enteramente virtual, ante medios de comunicación de masas cuya superficialidad es, sin lugar a dudas, absolutamente homogénea: toda vida interior queda consumida, pues los espectadores en que nos hemos convertido experimentan un estúpido placer en ser burlados, engañados. El sueño, cuya mayor importancia consiste en dotar de un ojo a las visiones deslumbrantes, en ser su compendio, ya no es más que el excremento del ser.



     
     

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