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    El largo período comprendido entre el final de la Antigüedad y la aparición, en la segunda mitad del siglo XVIII, del movimiento romántico europeo no es, en el Occidente cristiano, muy brillante para el mundo de los sueños. En un primer momento, la experiencia onírica, pero más especialmente su posible interpretación, es condenada globalmente por la Iglesia; en una segunda etapa, se ve marginada rápidamente por la emergencia progresiva, desde el final de la Edad Media, del racionalismo, que considera la imaginación onírica como un punto accesorio «notario» y prosaico.
    En efecto, los textos sagrados de la Biblia contienen el número suficiente de sueños —cuarenta y tres en el Antiguo Testamento— explícitamente enviados por Dios como para poder hacer abstracción total de otros eventuales sueños de inspiración divina, así como de algunos otros de origen profetice; pero como, por otra parte, estos sueños son raros, se concluye a menudo que la mayor parte de estas visiones son obra del demonio, consecuentemente totalmente engañosas. El Eclesiastés y el Eclesiástico condenan a los sueños como pruebas de la vanidad y la miseria humanas. Deriva de todo ello una prohibición general del arte adivinatorio, asimilado a menudo con la brujería: incluso si los sueños contienen premoniciones verdaderas sobre el porvenir, se prohibe al hombre tratar de utilizarlas.
    Nacen, a partir de estas ideas, las posiciones rígidas, los titubeos e incertidumbres de los Padres de la Iglesia en relación con los sueños. Así, por ejemplo, a comienzos del siglo III, su naturaleza atormenta a Tertuliano: si los sueños constituyen una prueba de la divinidad del alma, y consecuentemente de su inmortalidad, debemos cuidarnos mucho de individualizar y describir pormenorizadamente los mensajes oníricos enviados por el demonio. Santo Tomás de Aquino, sin duda la autoridad teológica más relevante de la Edad Media, dedica varios epígrafes de su Summa theologica al sueño. Admitiendo que la Biblia presenta ejemplos de sueños inspirados por Dios y de interpretación adecuada, se limita a condenar la eventualidad de un contacto sobrenatural mediante el sueño sólo en los casos concretos en que éste pueda informar al hombre sobre su porvenir. No obstante, se esfuerza sobre todo por examinar cuidadosamente, desde el punto de vista moral, la génesis de los sueños: distingue así un origen fisiológico e insiste también en la influencia que ejercen sobre su formación las preocupaciones que absorben la mente durante el estado de vigilia. Inspirándose en observaciones de Aristóteles, la obra de santo Tomás acoge, pues, en su seno la corriente racionalista; pero, como sucede con todos los teólogos católicos, insiste sobre los riesgos que comportan los sueños, así como sobre la apariencia ilícita que puede revestir la adivinación.
    A pesar de estas condenas, el sueño está lejos todavía de estar ausente de la sociedad medieval, cuya vida se halla aún profundamente anclada en lo maravilloso. El ser humano es el centro de la naturaleza y el arte le concede un lugar creciente: bajo los merovingios, el ornamento había suplantado y casi eliminado al hombre; con los carolingios, este último recobra su supremacía. Como ocurrió durante la Antigüedad, los manuscritos miniados, la orfebrería, la glíptica introducen de nuevo el tema. La conciencia de la época, que no puede concebir el mundo ordenado según leyes físicas estables y vinculantes, está sometida al milagro y regida por las potencias sobrenaturales, arbitrarias, ciegas o incomprensibles. Se confiere un sentido premonitorio a todo aquel acontecimiento astrológico o meteorológico que presente el mínimo carácter excepcional. Acompaña a la fauna real un fecundo bestiario fantástico y teratológico poblado por hidras, sirenas, centauros, aves fénix, unicornios, dragones que, antes de beber, vomitan su veneno, o también de centicoras, cuadrúpedos de largos cuernos móviles dotados de pecho de león, pies de caballo, cola de elefante y voz humana.
    La Biblia especialmente perpetuó la tradición de que los animales pertenecen a un mundo preñado de significaciones oscuras: así, por ejemplo, el Génesis justifica el alegorismo universal de algunos teólogos que consideraban a todas las bestias salvajes como un libro abierto o una pintura propuesta por la naturaleza; en el Levítico y el Deu-teronomio encontramos también listas de animales tabúes cuya impureza puede intrigar o inquietar.
    A través de esta imaginería animalesca se manifiesta el simbolismo de los sueños de la época; no cabe la menor duda de que existía una especie de código familiar al hombre medieval que atribuía a cada animal una significación concreta, favorable en unos casos —calandria, perdiz— y hostil y perniciosa en otros —serpiente, mono, zorro—, y le permitía comprender fácilmente el sentido del sueño.



     
     

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