Home / Sueños / La atmósfera del sueño

    Una de las características fundamentales del sueño es su intensidad afectiva: lo vivido onírico nunca deja indiferente. Esta fuerza emocional del sueño explica su movimiento pendular, el hecho de que vaya de un extremo a otro, que nos sumerja en la angustia o que, por el contrario, nos descubra paraísos de éxtasis.

    Podría incluso adelantarse que lo específico de la afectividad onírica es precisamente esta movilidad y, más exactamente, su carácter iterativo, la imposibilidad en la que se encuentra el soñador de sustraerse a la falla onírica y a su contenido emocional: «El soñador cree saber que sueña y que duerme, precisamente en el momento mismo en el que la fisura entre los dos se afirma: sueña que sueña, y esta huida fuera del sueño, que le hace volver a caer en el sueño, el cual es caída eterna en el mismo sueño, esta repetición en la que en cada nueva ocasión se pierde siempre un poco más la verdad personal que querría salvarse, como la repetición de los mismos sueños, como el acoso inefable de una realidad que siempre se escapa y a la cual no es posible sustraerse, todo esto es como un sueño de la noche, un sueño donde la forma del sueño se convierte en su propio contenido».

    Sea cual fuere la naturaleza de lo vivido, feliz u obsesiva, el sueño tiene la consecuencia de solemnizar la existencia; es, según la profundísima y maravillosa expresión de Maurice Blanchot, «el despertar de lo interminable, una alusión al menos; en todo caso, una especie de peligrosa llamada, por la persistencia de lo que no puede tomar fin, a la neutralidad de lo que se presenta detrás del comienzo».

    La aventura del sueño, extraña y peligrosa, es una impresión de despertar, y no la del soñador; da sin embargo a éste, que se adhiere a ella plenamente, el sentimiento de estar sometido a una fatalidad absolutamente apremiante. Cada uno de los acontecimientos urdidos en la trama del escenario onírico produce al soñador la impresión de corroborar el sentido profundo de su existencia: el hombre no toma conciencia de sí mismo como toma conciencia del mundo; sabemos que cada uno es para sí mismo un «monstruo de sueños» (André Malraux). De ahí la creencia arraigada de que las aventuras aparentemente oscuras de los sueños siempre encubren un sentido oculto.



     
     

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