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    Los babilonios y los asirios creían que los demonios y los espíritus de la muerte tenían una influencia nefasta sobre los sueños. Para vencer a estos demonios malhechores, los sacerdotes de un templo especial se aseguraban, mediante ritos mágicos, la protección de Mamu, el dios babilónico de los sueños. Numerosas recopilaciones de claves de sueños babilónicos y asirios, provenientes de Nínive y que datan de alrededor del año 5000 a.C., fueron encontradas en la biblioteca de Asurbanipal (hacia el 870 a.C.). Estas claves, inscritas en tablillas de arcilla, llevaban indicaciones que servían para interpretar los diferentes tipos de sueños. Así, aquellos en los se ingería vino significaban vida breve, mientras que ésta se anunciaba larga si lo que se bebía era agua.
    Los egipcios fueron menos sensibles a las voces de los demonios. Consideraban los sueños mensajes de los dioses; éstos desempeñaban en los sueños muchos papeles: unas veces reclamaban el arrepentimiento; otras ponían al soñador en guardia contra posibles peligros o respondían a preguntas. La diosa egipcia de los sueños se llamaba Serapis, y numerosos se-rapeums (templos) fueron erigidos por todo el país; el de Memphis, que databa del año 3000 a.C., era el más famoso. Intérpretes de oficio vivían en ellos; en una «enseña» encontrada en el lugar podían leerse las siguientes palabras: «Interpreto los sueños. Los dioses me encomendaron hacerlo; buena suerte; soy cretense». En estos templos, todos se esforzaban habitualmente por suscitar sueños mediante la oración y el ayuno. Si ello no bastaba, el egipcio podía recurrir a toda suerte de ritos mágicos que le ayudaran en sus «esfuerzos oníricos». Se prestaba una atención especial a los sueños de los soberanos, pues en ellos los dioses aparecían con mayor frecuencia.

    Mientras que para los egipcios los sueños presentaban un origen exterior —los dioses—, los orientales pensaban que el principio onírico se hallaba en el interior, en el alma del soñador. Así, los chinos distinguían el alma material, reguladora de las funciones fisiológicas y que desaparecía en el momento mismo de la muerte, del alma espiritual, o hun, que cuando abandonaba el cuerpo del difunto conservaba su apariencia. Pero los chinos reconocían también otros orígenes al sueño —entre ellos, los estímulos físicos, los factores astrológicos, o la posición de los astros en una determinada época del año, factores que permitían interpretar cada sueño concreto-. La obra china más antigua que trata el tema de los sueños es el Meng Shu, que data de alrededor del año 640 de nuestra era.

    Los Vedas libros sagrados de la India contienen descripciones de sueños positivos o negativos. Así, imágenes oníricas de combates debían procurar éxito o alegría, incluso si el soñador se encontraba comprometido en acciones peligrosas, incluso también si era herido. Por el contrario, los sueños en los que se perdían los propios cabellos o los dientes anunciaban malos presagios. Las consecuencias de los malos sueños podían ser borradas mediante ritos de purificación o a través de toda suerte de baños.

    El Atharva Veda contiene observaciones interesantes sobre las relaciones existentes entre los sueños de los tres períodos de la noche y el momento de su realización. Así, los sueños que tienen lugar en el primer período del acto de dormir se verificarán durante el año; los del segundo período, en un lapso de tiempo de menos de ocho meses; los del último período, ya se habrían realizado a medias.

    Otra observación hace referencia a las relaciones existentes entre el contenido del sueño y el temperamento sanguíneo, flemático, etc. del soñador.
    Todas estas ciencias adivinatorias prueban que, desde hace aproximadamente cuatro mil años, la tipología de las correspondencias entre la imágenes oníricas y su significación no ha dejado de estimular la curiosidad del hombre.



     
     

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