Home / Sueños / Introducción a los sueños

    Desde nuestro nacimiento hasta el momento de la muerte, todos nosotros nunca dejamos de soñar. Puede decirse en cierto modo que no hay nada más común. Pero ¿qué podemos decir a fin de cuentas del sueño? ¿Qué podemos hacer con él? Tal es la pregunta y la paradoja que se plantean de continuo: la experiencia del sueño es universal, pertenece a todos los tiempos, a todos los países y a todas las sociedades; es común a todas las razas. Pero en cada caso concreto su singularidad es tal que se vuelve incomunicable: el sueño es una aventura que el sujeto ha vivido solo y de la que únicamente él puede acordarse; mundo estanco, impermeable, que excluye la mínima verificación. Tan pronto como el sueño quiere responder a condiciones de objetividad, o nosotros las buscamos en él, el sueño se enturbia, se oculta y termina por olvidarse. Los elementos que lo componen son extraños e imprevisibles; tienen para nosotros un carácter único. Heráclito pudo decir con razón que «despiertos, los hombres sólo pueden compartir la experiencia de un mundo mientras que en el reino del sueño cada uno se inscribe en el ámbito de su propia singularidad». Tal es la paradoja que se plantea: a pesar de la universalidad de la experiencia onírica, que debería permitir comunicación y confrontación, no es posible elaborar ni estructurar ningún código, ningún tipo de lenguaje que denote sus claves de manera sistemática, universal y fiable. Y así nos topamos con «el absurdo» de que el sueño «cuenta» (sin hablar del aburrimiento que nuestra narración provoca en un eventual oyente). Hegel define la borrasca onírica como un conocimiento concreto y no trabado, mientras que un objeto sólo puede ser analizado y entrar a formar parte de una dialéctica racional cuando se integra en una totalidad —sensible y conceptual— de elementos distintos y articulados: como la locura, el sueño es considerado erróneo por cuanto es parcial.
    No es de extrañar por ello que la relación que se establece entre sueño y conciencia perceptiva sólo se concrete, y quede así para siempre, en un ligero e imperceptible roce, pues los estados oníricos son absolutamente huidizos e inaprehensibles; y ello es tanto más cierto cuanto que de la fracción más extensa de los sueños apenas queda un humus de incoherencia e ininteligibilidad.
    Hoy día, y a pesar de las investigaciones emprendidas en fisiología y biología, no hemos hecho avances significativos sobre las «claves de los sueños» en relación a los tiempos inmemoriales; podemos decir que «el acto de soñar es, en relación al sueño, lo que la óxido-reducción, fenómeno esencial y conformador de la vida, es respecto a la respiración; pero también, y por analogía, parece ser que los neurofisiólogos sólo están en condiciones de describir mecanismos de acompañamiento. Que el perfecto conocimiento de los mecanismos del acto fisiológico de dormir permita la aproximación a aquellos otros que sobreentienden el sueño no implica necesariamente la descripción y el conocimiento de un estado concreto, en algunos de cuyos secretos sólo el análisis ha podido penetrar hasta ahora.



     
     

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