Home / Sueños / El siglo XX

    «En medio de una lluvia de relámpagos de calor, el día amanece saludado por maternales caídas de nieve. El trabajador de la cadena, diestro en escandir con el índice el difuso discurrir de los minutos, empieza a creer repentinamente en una remisión especial de su sueño, y se duerme. Las bielas y las correas de transmisión se cubren de repente de prímulas.»

    El mundo, todavía dormitando, se despierta al surrealismo, que dominará la historia de la sensibilidad europea durante el siglo XX. El movimiento mismo, que se venía fraguando históricamente desde hacía medio siglo, no está quizá en el origen de una nueva forma de sentir (así, encontramos en él algunas de las aspiraciones que caracterizaban el romanticismo del siglo anterior —llamada a las potencias de la vida inconsciente, de la imaginación y del sueño—), pero ha sometido a su sentimiento inquieto del ser las doctrinas estéticas, científicas e incluso políticas fundamentales de su época.

    Cuando estalla la Primera Guerra Mundial, diferentes grupos de jóvenes —algunos de ellos antiguos estudiantes de medicina— descubren el pensamiento de Freud. Animados por André Bretón, quien en sus diferentes destinos militares se enfrentó al problema dramático de las neurosis que los horrores de la guerra provocaron en algunos soldados, un grupo de jóvenes ávidos de literatura hicieron smyas las doctrinas del médico vienes y tuvieron la conciencia repentina de haber descubierto un mundo desconocido en la vida psíquica y el inconsciente. Creyeron que este inconsciente, reprimido, censurado, como yacemos visto, no sólo encubría la «médula sustancial» * de la vida mental, sino que también era la fuente de toda actividad poética.
    En los inicios del movimiento surrealista, Bretón, parodiando las notas de los diccionarios, proponía una definición de la palabra: «Encicl. Filos.

    El surrealismo reposa sobre la creencia en la realidad superior de determinadas formas de asociaciones descuidadas hasta el momento mismo de su nacimiento, en la omnipotencia del sueño, en el juego desinteresado del pensamiento. Tiende a arruinar todos los demás mecanismos psíquicos, así como a sustituirlos en la resolución de los principales problemas de la vida (…)».

    Rechazando la noción de escuela literaria —e incluso de literatura—, el surrealismo pretende ser una empresa filosófica que lleva al conocimiento del pensamiento gracias a la técnica del «automatismo psíquico puro», estableciendo que este pensamiento se dará a conocer mediante la asociación de ideas, el sueño, el estado de distracción mental.

    De entrada, puede hablarse de surrealismo en términos de valor ejemplar, puesto que «a través de mu contradicciones, que después de todo no eran sino las de la vida, ha tenido la virtud esencial de reivindicar en todo momento la expresión de la totalidad del hombre, que es rechazo y aceptación mezcladas, separación continua y también constante reintegración, y ha sabido mantener en el corazón mismo de esta contradicción (…), y ahora en su punto máximo de tensión, las dos actitudes simultáneas que reclama incesantemente este mundo fascinante e invivible en el que estamos inmersos: el deslumbramiento y el furor». El romanticismo marcaba una evolución; el surrealismo supuso una verdadera revolución.
    Para explorar este nuevo continente, primero hay que reducir a cenizas la omnipotente razón, la peor enemiga del espíritu, «la más despreciable de las cárceles» (André Bretón), «la gran prostituta» (André Masson), esta «vigilanta, arpía y vieja impertinente» (Rene Crevel); en pocas palabras, es la razón la que debe decidir la movilización de la sinrazón, la que debe provocar conscientemente el subconsciente; debe ser «el grito bastante inesperado que desgarre el espacio» (Rene Crevel) y que, finalmente, desemboca en «la derrota absoluta de la lógica» (André Bretón), pues «un poema debe ser una derrota absoluta del intelecto. No puede ser otra cosa».
    Esta definición centrada en el automatismo puro ha experimentado diversas modificaciones. Así, en el Diccionario abreviado del surrealismo podía leerse: «Todo mueve a creer que existe un determinado punto del espíritu desde donde la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, el pasado y el futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo dejan de ser percibidos contradictoriamente. En vano se buscaría en la actividad surrealista un móvil diferente a la esperanza de determinar este punto». (Además de la definición más general de poesía, tenemos aquí la definición misma del único modo magnífico de vivir. Lo más filosófico que puede decirse sobre el extravío perpetuo del hombre es que éste aborrece la abolición de los contrarios. Ahora bien, la esperanza más rica de la existencia reside precisamente en actos donde se eleva el rechazo de las antinomias psíquicas y metafísicas que pretenden imponernos las leyes de la familia, de la religión y del orden social presente y futuro.) Además, hecho fundamental, es la primera vez que se inserta el juicio de un crítico exterior al movimiento, el de Marcel Raymond: «El surrealismo representa en sentido amplio la más reciente tentativa de romper las cosos que existen para sustituirlas por otras, en plena actividad, en plena génesis, cuyos contornos movientes se inscriben en filigrana sobre el fondo del ser… Nunca en Francia una escuela de poetas había confundido de este modo, y muy conscientemente, el problema de la poesía con el problema crucial del ser». Para explorar el mundo oscuro del acto mismo de dormir y de los sueños, del azar y del deseo, los surrealistas utilizarán simultáneamente dos métodos fundamentales: la escritura automática y la narración de los sueños. Por lo que respecta a la primera, la corriente verbal, Maurice Blanchot precisa: «La escritura automática tendía a suprimir las normas coercitivas, a suspender los intermediarios, a rechazar cualquier mediación, ponía en contacto la mano que escribe con algo original, hacía de esta mano activa una pasividad soberana, ya no una “mano con pluma”, un instrumento, una herramienta servil, sino una potencia independiente sobre la cual ya nadie tenía derecho, no pertenecía a nadie y no podía ni sabía hacer nada como no fuera escribir (…). Es esto precisamente lo que primero nos recuerda la escritura automática: el lenguaje cuyo acceso nos facilita esta escritura no es un poder, no es poder de decir. No es nunca el lenguaje que hablo.

    En él, “yo” no hablo nunca». El segundo método, al cual se agrega la experiencia de los actos de dormir provocados, hipnóticos, es considerado como un revelador de la actividad del inconsciente. Los miembros del grupo levantan un atestado de las sesiones que se multiplican indefinidamente hasta llegar a convertirse en cotidianas. Dice Aragón: «No cabe la menor duda de que se trata de una modalidad de surrealismo en la cual la creencia en el acto de dormir juega, en relación a la palabra, el mismo papel que la velocidad desempeñaba en el surrealismo escrito. Esta creencia, y primero la puesta en escena que la acompaña, abóle, como la velocidad, el haz de censuras que traba el espíritu. La libertad, esa palabra magnífica, es precisamente el punto donde toma sentido por primera vez: la libertad empieza allí donde nace lo maravilloso». Lo maravilloso, que es para los surrealistas precisamente una de las atmósferas privilegiadas. Así, Bretón escribía en el Primer Manifiesto: «Decidamos ya de una vez: lo maravilloso es siempre bello, no importa qué tipo de maravilloso es bello, puede incluso decirse que sólo lo maravilloso es bello».

    Las narraciones de sueños proporcionan documentos brutos sobre la vida interior, dan curso libre a la emanación de esa libertad a la que se refería Aragón, y esto ocurre incluso en las familias: «Puesto que el proceso del conocimiento ya ha sido realizado y la inteligencia no debe ser tomada en consideración, sólo el sueño permite al hombre ejercitar plenamente su derecho a la libertad. Gracias al sueño, la muerte deja de tener un sentido oscuro y el problema del sentido de la vida se convierte en un asunto indiferente. Todas las mañanas, en todas las familias, los hombres, las mujeres y los niños, si no tienen otra cosa mejor que hacer, se cuentan sus sueños. Todos nosotros estamos a merced del sueño y debemos experimentar su poder durante el estado de vigilia (…). El surrealismo abre las puertas del sueño a todos aquellos para quienes la noche es avara. El surrealismo es la encrucijada de los encantos del acto de dormir (…); es también el gran quebrantador de las cadenas (…) y nosotros soñamos, y la rapidez de las agujas de las lámparas introduce en nuestros cerebros la maravillosa esponja ajada del oro».

    Como documentos brutos, los sueños serán igualmente objeto de interpretación: inspirándose en el método psicoanalítico, Bretón se interesa, sin embargo, no tanto por el proceso de represión como por las formas que puede adoptar el deseo, un deseo que trasciende la belleza de la mujer que «nunca es más conmovedora, más entusiasta ni más loca que en este instante del sueño en el que es posible concebirla unánimemente liberada de la obligación de gustar a uno o a otro, a unos o a otros. (…) La belleza alcanza en este momento su punto álgido, se confunde con la inocencia; es el espejo perfecto en el cual todo lo que ha sido, todo lo que está llamado a existir, se baña admirablemente en lo que va a ser esta vez. Ese poder absoluto de la subjetividad universal que constituye la dignidad suprema de la noche ahoga las impacientes decisiones que se orientan hacia la pequeña felicidad: el cardo no apagado permanece incólume sobre su construcción humeante, perfecta».

    El deseo que hace cantar a las fuentes del placer queda allí, sin espontaneidad ni procrastinación.
    El sueño surrealista, que presenta una característica dominante de optimismo y exaltación en lo maravilloso, encuentra su correlato en el color, generalmente oscuro, de lo fantástico, un correlato no angustiado o aterrorizado, sino sinónimo de devoración de una realidad paradisíaca, de acceso a una transfiguración de las apariencias, a una metamorfosis del universo cotidiano, en un mundo de espejos, gemas, blancura, iridiscencia y ónice, donde la poesía no es superflua ni indiferente.



     
     

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