Home / Sueños / El Renacimiento

    El Renacimiento ve la difícil convivencia entre la voluntad de poder de una ciencia todavía balbuceante y un deseo de belleza, pero también la aparición de un apetito malsano por lo horrible, mezcla de simplicidad y complicación.
    En el inmenso bosque de símbolos en el que vive inmerso el hombre renacentista, una planta, un animal, una figura geométrica, el tubo de un cañón o una esfera armilar reenvían espontáneamente a un marco imaginario en el que el sueño y la ensoñación prolongan la reflexión positiva, sin que sea posible distinguir entre una creencia racional y otra irracional. El italiano Jerónimo Cardano proporciona un ejemplo significativo: el «irracionalismo» le inducía a creer en el poder de los astros, a establecer los horóscopos de los reyes, los papas e incluso de Cristo sin que su «racionalismo» le impidiese, por otro lado, descubrir la solución de la ecuación de tercer grado o construir minuciosamente el esquema de infinidad de invenciones —entre ellas, la suspensión llamada «de cardán», muy conocida por los automovilistas—.
    Esta proliferación de símbolos favorece el desarrollo de prácticas mágicas tales como la as-trología y la alquimia; ningún gesto, ningún acto está aislado; sus eficaces influjos afectan a toda la creación, y la operación mágica alcanza de una forma enteramente natural a las cosas y seres más lejanos. Nunca la as-trología recibió un acogida tan favorable en la sociedad francesa como durante el Renacimiento, época en la que penetra profundamente en los medios cultos y en la aristocracia: la analogía esencial que existe entre la naturaleza y el hombre permite admitir, sin sorpresa, que cada destino está vinculado al recorrido de los astros y a los movimientos de las constelaciones. El hombre está en el centro del mundo e, inversamente, reencuentra la creación completa en el centro de su propio ser. Conocer es entonces sumergirse dentro de sí mismo. El médico suizo Paracelso, una de las grandes mentes de la época, mezcla curiosamente en su obra las consideraciones astrológicas con observaciones sobre el sueño; en el hombre, los temperamentos y las impresiones —sueños y visiones— dependen de un cuerpo invisible, el cuerpo sideral. Una armonía universal rige el mundo. El principio trinitario divino se corresponde con las tres divisiones del universo, con las tres partes del hombre —espíritu, alma, cuerpo—, con las tres fuerzas constitutivas —azufre, mercurio, sal—. Todo lo que es divino en Dios es astral en el firmamento y terrestre en la tierra. El hombre, en cuanto microcosmos, es la quintaesencia, un extracto, un compendio del organismo del mundo y recibe, durante el sueño, los mensajes que le envía una especie de ángel anunciador.
    Simultáneamente, Occidente se reconcilia con la oniromancia antigua, cuya tradición había sido conservada durante toda la Edad Media en los países del Oriente Próximo musulmán. Numerosísimas claves de sueños, más o menos adaptadas del árabe, empiezan a aparecer en la misma época y el entusiasmo que suscitan se prolongará hasta bien entrada la Edad Clásica. Estas claves, bastante decepcionantes en su mayoría, se contentan a menudo con retomar las interpretaciones codificadas desde la Antigüedad y aceptan de buen grado la creencia en el valor premonitorio de los sueños.
    No es menos decepcionante la ensoñación poética, reducida como está a un procedimiento de exposición y a un artificio literario, logomaquia amorosa, a menudo edulcorada, consuelo de los rigores de la amada, tristeza desencadenada por las crueldades que el sueño no consigue domeñar:
    «Si tengo algún sueño
    Me asusto
    Pues incluso su mentira
    Expresa de mis males la triste verdad».
    Encontramos una actitud claramente más naturalista y humorística en la obra de Frangois Rabelais, especialmente en su Tercer Libro, donde el sueño de Panurgo da lugar a pretendidas interpretaciones que los exégetas tratan de acercar a sus propias concepciones.



     
     

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