Home / Sueños / El espíritu fin de siglo

    El realismo y después el naturalismo, uno ateniéndose a la descripción exacta de los aspectos pintorescos y decorativos del ambiente y dislocando cualquier sensibilidad personal, otro fotografiando la vida del pueblo y de las clases trabajadoras, impregnan las dos últimas décadas del siglo. El ambiente finisecular es propicio al pesimismo, acentuado por la derrota de 1870 y la humillación consecutiva, después por la Comuna y la represión sangrienta que la aniquila, mientras que en el pensamiento domina el orbe tenebroso de filosofías como la de Schopenhauer.

    Lejos de desaparecer, el interés por el sueño se mantendrá; su mundo constituirá una escapatoria, un modo de retorcer el cuello a una realidad considerada repugnante e intolerable mediante el refinamiento de las sensaciones y la evasión hacia lo artificial. Baudelaire evoca el spleen en sus «cuadros» de París; Wagner, y su universo dramático abarrotado de leyendas y símbolos, ve crecer su influencia en Francia a partir de 1885; para Stéphane Hallarme, quien trata, sin embargo, de poner coto al fanatismo wagneriano, la música del maestro de Bayreuth «confunde los temas en un ambiente más rico de ensoñación que cualquier otro aire terrenal, deidad vestida con los infinitos pliegues de un tejido de acordes».

    Mallarmé imagina la creación en París de una especie de club de los soñadores; el optimismo del que dan muestra ininterrumpida estos adeptos del sueño remeda la angustia existencial y corre parejo con representaciones específicas de la condición humana: unos retoman la tradición pascaliana y denuncian la vida como una ilusión ligeramente menos inconstante que el sueño; otros van todavía más lejos: sólo el sueño es la verdadera vida, mientras el universo de la vigilia se transforma en visión o paso transitorio. Si hay otro yo, siempre tan vago, es porque existe otro mundo; el infinito es entrevisto como ilusión. «Escribía silencios, noches, anotaba lo inexpresable. Miraba vértigos», enuncia Rimbaud, que reencuentra la eternidad: «En el lindero del bosque —las flores de sueño zumban, estallan e iluminan—, la niña con labios de naranja, con las rodillas cruzadas en el claro diluvio que brota de los prados, desnudez que sombrean, atraviesan y visten los arco iris, la flora y el mar».

    No podríamos abandonar este siglo sin citar de nuevo a Isidore Ducasse, conde de Lautréamont, ese «dinamitador arcangélico», como lo llamó Julien Gracq, cuyos Cantos de Maldoror son «un torrente de confesiones corrosivas alimentado por tres siglos de mala conciencia literaria», que va a tomar «incesantemente su oxígeno entre dos aguas: la gratuidad del sueño inofensivo y una posibilidad de irrupción angustiosa en el mundo en el que estamos tan bien asentados».



     
     

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