Home / Sueños / El alma romántica

    El siglo XVIII fue, al menos en la superficie y en su primera mitad, un siglo «sin sorpresa, sin angustia» (Albert Béguin). La vida no tenía una finalidad lejana, carecía de una meta que sobrepasase el límite del instante inminente. Pero a este estilo de vida, hecho de extravíos y de azar, sucedió un estilo de voluntad donde la existencia se organizó y alcanzó forma definitiva: a contracorriente de una subjetividad anclada en el sentimiento, se impone una subjetividad de la voluntad (la novela de Lacios o las sinfonías de Beethoven son buena prueba de todo ello). Tranquilizado por la soberanía del espíritu, convencido de que el universo es infinitamente analizable y divisible en compartimentos estancos, satisfecho de que todavía no acecha ningún poder oscuro, el hombre se ha vuelto ciego a los signos y a las imágenes; la palabra alma no es más que una expresión vacía, ha penjido toda su gravedad. Paulatinamente, sin embargo, la brecha se abre: se redescubren los valores profundos de la sensibilidad y la imaginación. Pietistas, ocultistas, todos, a diversos niveles y experimentando mayor o menor vértigo, perciben de nuevo el mundo como una prolongación de sí mismos, y a su propio ser como encaminándose a sumergirse en la fluencia de la vida cósmica. Se abren nuevas vías cuya complejidad y rapidez podrían atemorizar. El lugar de las hipócritas certidumbres se desplaza hacia la rebelión titánica y la humildad anacorética. Las ambiciones prometeicas del romanticismo, muy cercanas a la sumisión religiosa, resucitarán los grandes mitos: la noche, finalmente el sueño.
    La historia del sueño juega una papel preponderante en el transcurso del siglo XIX, papel también avivado por la puesta en cuestión de un conjunto de ideas o de tópicos ante los que muchos quedan atónitos, así como por la mezcla de poblaciones suscitadas por las revoluciones políticas y económicas de la época. El siglo XK ofrece un sorprendente compendio de la arqueología del sueño: «Del sacerdote al médico, del filósofo al policía, de la adivina a la educadora, del rico al menesteroso, del rey al obrero, del campesino al hombre de la ciudad, todos han tomado en consideración el sueño, han posado una mirada crítica sobre su extraña fisonomía, han escuchado, intentando comprenderla o creyendo haberla comprendido, el lenguaje jeroglífico de sus sueños o el de los sueños del otro».
    Se impone aquí hacer algunas consideraciones semánticas. El diccionario Gattel80, publicado en 1827, da la siguiente definición de sueño: «Ilusión que se tiene mientras se duerme (del griego rhembé, extravío del espíritu)». Por lo que respecta a la palabra ilusión, dice: «Sueño, imaginación de una persona que duerme (del latín somnum; o, según otros, del bajo bretón fonch, pensamiento)». No se puede decir a fin de cuentas que hallamos avanzado mucho. De hecho, la palabra «ilusión» sólo debe aplicarse a un estado que se define por lo que es «visto» durante el acto fisiológico de dormir. Los «fantasmas» son «visiones falsas que se tienen durante la noche de algo que asusta», una «visión» que designa la actividad onírica cuyo contenido no es posible repetir al despertar. Finalmente, el «onei-rodynio» es una «sensación viva y penosa que se tiene durante el acto fisiológico de dormir, por ejemplo, una pesadilla…». Cincuenta años más tarde, esta tipología onírica apenas ha cambiado y bordea siempre, sin aparente obstáculo, la sutil distinción, de definición y diferencia, que separa al sueño de la ilusión onírica. A comienzos de nuestro siglo se utilizan indiferentemente las palabras sueño e ilusión. En los años treinta, André Lalande define el sueño como una «serie de fenómenos psicológicos que se producen durante el acto fisiológico de dormir y de los que uno se acuerda más o menos fragmentariamente poco después del despertar», pues la palabra ilusión no figura en su diccionario. Nosotros nos atendremos aquí a la siguiente definición de sueño propuesta por Albert Béguin y citada por Paul Eluard en su Diccionario abreviado del surrealismo: «Ya no hay semejantes en esta soledad…; soy esta vida infinita: un ser cuyos orígenes se remontan más allá de todo lo que puedo conocer, cuya suerte sobrepasa los horizontes adonde alcanza mi mirada… La soledad de la poesía y del sueño nos roba nuestra desoladora soledad». Hoy día, Pierre Jean Jouve recoge de nuevo el claro eco de esta definición:
    «Estos grandes sueños de líneas
    De rocas y de silencio y de pájaros verdes
    Estos murmullos de plantas de viento perpetuo.
    Estos umbrales de hielo
    Estos sueños maravillosos lejanos
    y aterciopelados de muerte».
    Los libros que se escriben sobre el sueño, aquellos que empiezan a estudiarlo desde un punto de vista científico, son muy numerosos durante el siglo XIX. Entre los más significativos recordaremos aquí los de dos sabios, ambos profesores en el Colegio de Francia: El acto de dormir y los sueños (1861), de Alfred Maury, y Los sueños y los modos de dirigirlos (1867), del eminente sinólogo Hervey de Saint-Denis, cuyo título ya es suficientemente expresivo sobre cuál es la finalidad fundamental de la obra. No obstante, las lagunas de conocimiento que en estas dos obras demuestran sus autores sobre nociones de fisiología del cerebro, así como su ignorancia acerca del papel que juega el psiquismo en el mundo onírico, les impide aportar las respuestas que la «ciencia» puede proporcionar hoy día. Para Maury y Hervey, el sueño engendra una inquietud dolorida, un profundo desasosiego, que se ven ampliados por los progresos de la psicología: si no es Dios quien inspira los sueños, si no es Satán, ¿quén manipula entonces los sueños? Si el cuerpo no es la fuente de los sortilegios oníricos, de lo maravilloso o de lo macabro, ¿quién entonces se expresa de este modo?
    Liberados por principio de las leyes de la lógica y de la realidad, los movimientos románticos alemán, inglés y, en menor medida, el francés tratan de dar nuevas respuestas —si bien a menudo a costa de incurrir en apólogos edificantes o en retóricos artificios—, pues encuentran completamente insuficiente la descripción del ser humano que habían establecido sus predecesores. Los creadores fundamentan sus tesis sobre un conjunto de convicciones que son a la vez científicas, religiosas y místicas: desde la psicología pura a la metafísica, una conversión profunda transforma el sentido de la palabra sueño. Para los románticos, todo el universo se manifiesta como un organismo vivo que además está dotado de alma; un simbolismo englobante vincula entre sí simultáneamente las diferentes jerarquías del mundo sensible, y las realidades de este mundo sensible con las del alma. Se trata entonces de restituir al hombre su unidad, de volver a hacer de él un organismo que posee un centro, un lugar interior de certidumbres; pero igualmente una unidad cósmica, un alma consustancial al universo. Aquí entra en juego la noción de inconsciente, que ya no es «el trastero en el que una trampilla automática encierra las infamias de nuestra naturaleza individual, sino el “fondo del alma”, ese centro hacia el cual debemos orientarnos si queremos escapar a nuestro aislamiento».
    Pero sería vana ilusión tratar de asimilar esta concepción con un irracionalismo puro, déspota omnipresente de la existencia consciente. Aunque separada, la conciencia permitirá al hombre volverse a apoderar del inconsciente después de reinstaurar la armonía primitiva. El sueño se convierte en una de esas cumbres de la vida espiritual, un modo de experiencia fulgurante en la que el alma se beneficia de una lucidez superior y de la ilimitada confidencia que aquélla le murmura.
    Convertido por primera vez en una verdadera apuesta (¿juego?) literario, el sueño nos conduce a espléndidos y gigantescos escenarios, a praderas clausuradas hasta el infinito e inmersas en el torno negruzco de abruptas montañas, a ríos rugientes que se precipitan por estrechos desfiladeros rocosos en medio del ruidoso griterío de un viento en estado puro; pero también hay sueños cósmicos estáticos, unas veces paradisíacos, otras apocalípticos y repletos de angustia, que entonces hieren y desnudan: «Los sueños son miradas imposibles que, durante la noche, engendran soles en los vastos vacíos negros del tiempo».



     
     

    One Comment

    Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *