Home / Sueños / El alimento

    Bebidas y alimentos son, en el sueño, una expresión simbólica de la alimentación psíquica, pues nuestra alma recibe fuerzas vitales. Soñar con una mesa vacía tiene igualmente una explicación simbólica. Todos nosotros estamos sentados a la mesa de la vida; pero el soñador puede rechazar lo que se le sirve en ella, incluso experimentar asco por sus viandas. Este mundo que hará falta digerir puede ser representado como un alimento soso, amargo o repugnante, según los casos. Aversión muy viva en relación a la carne o respecto a los embutidos cuando son la alegoría de la «carne», es decir, de la sexualidad.
    Las golosinas, por el contrario, como las frutas, pasteles, postres, chocolates o dulces, pueden corresponder a momentos sentimentales de fácil interpretación.

    En los sueños de alimentos en general, siempre es importante considerar los acontecimientos personales. Aquí el contexto puede ser altamente explicativo. Así, por ejemplo, es significativo saber si se nos sirve nuestro manjar preferido, o si se trata en cambio de un alimento desconocido o que inspira asco; es asimismo relevante preguntarse lo que nos recuerda el plato con el que soñamos o en casa de quien fue servido en las mismas condiciones. La experiencia personal siempre debe ser tenida en cuenta.

    El pan es el alimento esencial y habitual del hombre; es al mismo tiempo lo más común y sagrado. (Interesa señalar aquí las diferentes connotaciones de la palabra pan: en los países anglosajones, bread es sinónimo de riqueza; carecer de pan equivale a estar en el umbral del hambre). Cada una de las etapas de la fabricación del pan —siembra, recolección, molienda, cribado, amasamiento, reparto en la mesa— presenta sus propias connotaciones simbólicas y, por lo que respeta al hombre, es un testimonio de su evolución y de la cultura en general. Los sueños que tienen relación con el pan nunca son negativos; aquellos que versan sobre campos sembrados o que ya llevan el trigo pueden interpretarse como una afirmación de la fecundidad del soñador porque simbolizan las etapas de un trabajo interior. Pedimos a Dios que nos dé el pan nuestro de cada día, es decir, todo lo que necesitamos realmente.

    Por ello el pan significa mucho, pero nunca sobrepasa lo que es necesario; excluye, pues, cualquier tipo de lujo. El pan se cuece en el horno, imagen arquetípica del seno materno y que guarda relación con el tema de la ballena en cuyo interior hace calor y con el ámbito de la caverna. Así como los niños se desarrollan en las entrañas de la madre, del mismo modo los panes son cocidos en el horno.
    Los sueños que evocan el vino designan el encuentro con un contenido psíquico superior. El alma experimenta el vino como un bien cultural, como un valor muy elevado. El pensamiento religioso ha hecho del vino la alegoría de la sangre de Jesús.

    El vino es un excitante; es también la fuerza del espíritu que vence a la pesadez y libera la imaginación. Genera una gravedad tal que confiere a la comida eucarística un carácter de comunión sagrada; bajo su poder se constituyen la luminosa comunidad y el deseo báquico:
    «El pan es el fruto de la tierra, y la luz no obstante debe bendecirlo. Hace falta el Dios atronante para que el vino dé su alegría. Por ello los poetas cantan también al dios del vino, y su alabanza hacia este antiguo dios no brota de un vano y ficticio fervor».

    El magistrado, gastrónomo y escritor francés Anthelme Brillat-Savarin dedica dos «meditaciones» de su Fisiología del gusto al sueño que engendra el apetito, a la vez memoria y fantasma, pues en esta imaginación del futuro está presente todo el recuerdo de placeres pasados. Los sueños son recuerdos o combinaciones de recuerdos: «(…) Los sueños no son más que la memoria de los sentidos».

    El carácter discontinuo del sueño se opone a la extensión uniforme del acto de dormir, y esta dicotomía reaparece en la organización misma de los alimentos, en su simbolismo acusado, casi viril; algunos «provocan dulcemente el acto de dormir: tal es el caso, por ejemplo, de aquellos en los que predomina la leche, la familia completa de los productos lácteos, las aves, la verdolaga, el azahar y sobre todo la manzana reineta cuando se come antes de acostarse»; otros excitan los sueños: «Tal es el caso, por ejemplo, de las carnes negras, palomos, el pato, la caza y sobre todo de la liebre. Se reconoce también esta propiedad a los espárragos, apio, golosinas perfumadas y especialmente a la vainilla.

    Hay personas, —añade Brillat-Savarin—, para quienes el acto de dormir constituye una vida aparte, una especie de novela que prolonga la vida de la vigilia, es decir, para quienes sus sueños tienen una continuación; estas personas terminan en la segunda noche lo que habían iniciado en la vigilia, y cuando duermen ven determinadas fisonomías que reconocen fácilmente por haberlas percibido anteriormente, pero que, sin embargo, no han encontrado jamás en el mundo real».



     
     

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