Home / Sueños / Crítica de la interpretación psicoanalítica

    Después de la desaparición de Freud, tras la muerte de Jung, el psicoanálisis, que ha conmocionado profundamente nuestra visión del mundo (Weltanschauung), continúa estando enteramente vigente. Así parece desprenderse fehacientemente de las siempre actuales aportaciones científicas de Melanie Klein, Donald W. Winnicott, Wilfred R. Bion y Jacques Lacan.

    Este último ha marcado indeleblemente la transformación del psicoanálisis en Francia. No obstante, son muchos quienes piensan que la aportación lacaniana, llena de vicisitudes, ha mutilado y reducido el sistema de Freud; otros creen, sin embargo, qife constituye un hito imprescindible en la transmisión precaria de un discurso ancestral cuyas manifestaciones se han apoyado momentáneamente sobre las conceptualizaciones realizadas por el médico vienes. En este sentido, podría decirse que la teoría psicoanalítica no es más que la coherente solidificación de las condiciones empíricas gracias a las cuales el sujeto toma la medida de la propia ignorancia sobre sí mismo. Sin embargo, el hecho de que el psicoanálisis deba ser transmitido para perpetuarse y que no sea una forma acabada de sabiduría, sino más bien una frágil silueta de la cultura, no invalidarían su alcance científico, sino que exigirían la caracterización en su especificidad del método apto para garantizar este alcance.

    De una manera más circunscrita, podrá reprocharse a Freud haber reducido el sueño a una simple yuxtaposición de proposiciones abstractas, a una serie de conceptos, imágenes y símbolos que el médico vienes aisla de la trama de la narración —que él considera insignificante—. Si el sueño tiene un sentido, es también porque se desarrolla en el curso del tiempo, porque obedece a una finalidad y porque constituye una construcción organizada que se objetiva en un escenario. El sueño forma por sí solo un devenir psíquico.

    Gilíes Deleuze apunta dos objeciones: el psicoanálisis quiebra todas las producciones del deseo e impide todas las formaciones de enunciados verdaderos. Además, se ha deslizado entre los dos polos de la psiquiatría y de la locura «diciendo a la vez que todos nosotros estamos locos sin parecerlo, pero también que parecemos locos sin serlo»; es precisamente el fracaso del concepto mismo de locura lo que ha proporcionado a la psiquiatría su fundamento y lo que ha permitido al psicoanálisis vincularse a ella. La que ha dejado de ser una ciencia experimental «es un empresa muy fría (…) para aplastar todos los enunciados de un paciente, para retener a un enfermo doblemente exangüe y expulsar fuera del sistema teórico todo lo que el paciente tenía que decir sobre sus deseos, sus experiencias y sus disposiciones, sus decisiones, sus amores y sus odios. Antes del psicoanálisis ya había muchas personas, muchos sacerdotes, muchos representantes que hablaban en nombre de nuestra conciencia; ha sido necesaria la aparición de esta nueva raza de sacerdotes y de representantes y que se pusiese a hablar en nombre del inconsciente».

    Volvamos a Freud y, en menor medida, a Jung: extrayendo el sentido del sueño esencialmente de su contenido latente y descuidando el contenido manifiesto, estos dos autores han marginado los detalles y cualidades estéticas de la experiencia onírica. Citaremos un ejemplo obtenido de Iluminaciones, de Arthur Rimbaud:

    «He soñado la noche verde de nieves deslumbradas,
    Besar alzando a los ojos de los mares con parsimonia,
    La circulación de savias inauditas,
    ¡Y el despertar amarillo y azul de los pálidos resplandores cantores!».

    ¿Hay que retener sólo, de este halo de sueño, el deslumbramiento que sube hasta los labios? Baudelaire va más lejos todavía y escribe: «En relación al sueño puro, a la impresión no analizada, el arte definido, el arte positivo es una blasfemia». De hecho, lo importante en la estética onírica no es tanto que los poetas hayan visto lo que se llama realmente ver cosas explosivas, sino «la facultad de saltar más ligera, más libremente de una imagen a otra, de despertar una en lugar de otra de acuerdo a las leyes de un código secreto, leyes de correspondencia bastante ocultas. […] No es tanto una aptitud para percibir imágenes desconocidas como un determinado arte de la fuga». En relación al concepto freu-diano de símbolo, el jungiano de arquetipo, que reintroduce el devenir y la duración, puede parecer más iluminador. Buscando en un primer intento el contenido latente, Freud sólo ha podido analizar superficialmente el trabajo imaginativo del sueño, con su poder y sus caracteres.

    Confiriendo además a sus símbolos sexuales una traducción literal, unívoca, casi mecánica, tan conocida como las que ofrecen las claves de los sueños, reduce el símbolo a un signo transparente, a un estereotipo, y descuida la «ambigüedad» (Francis Ponge) que posee todo lenguaje simbólico verdadero. Finalmente, Freud, por cuanto reacciona de forma absoluta contra las teorías puramente fisiológicas de los teóricos del siglo XIX, niega también en bloque la posibilidad de impacto de los sueños sobre la vida orgánica. Ahora bien, nada impide suponer la existencia de una posible conciliación entre estas teorías aparentemente contradictorias: el punto de partida del sueño puede ser orgánico, y este devenir orgánico, del que se infiere una orientación afectiva general —ataraxia o eretismo, angustia o alegría—, permite al inconsciente individual injertar en esta línea general sus propias preocupaciones, y a la imaginación individual su sucesión desordenada de imágenes.

    El antropólogo Claude Lévi-Strauss y su estructuralismo neopositivista («la ciencia ya ha teorizado sobre estos asuntos») piensa que Jung ha cometido un grave error de concepción al trabajar sobre imágenes, símbolos o motivos mitológicos con la finalidad de descubrir su sentido. Para él, ninguno de los elementos que constituyen un mito tiene sentido por sí solo. Ferdinand de Saussure había demostrado el carácter arbitrario que presentan los signos lingüísticos; Lévi-Strauss, por su parte, extendiendo este principio a la mitología, señala que la combinación de diferentes unidades constituyentes (mitemas), y no estas unidades por sí mismas, es lo que genera sentido. Ahora bien, querer dar significaciones concretas a arquetipos equivale a razonar a la manera de los filósofos del lenguaje, quienes, durante mucho tiempo, estuvieron convencidos de que los diferentes sonidos poseían una afinidad natural con un determinado sentido.

    El inconsciente deja entonces de ser el inefable refugio de las particularidades individuales, el crisol de una historia única, que hace que cada uno de nosotros sea un ser irreemplazable. Por el contrario, «el inconsciente está siempre vacío; o, más exactamente, es tan extraño a las imágenes como el estómago lo es a los alimentos que lo atraviesan. Órgano de una función específica, se limita a imponer leyes estructurales que agotan su realidad a elementos inarticulados que tienen otros orígenes: pulsiones, emociones, representaciones, recuerdos. Podría decirse consiguientemente que el subconsciente [es decir, el inconsciente freudiano, que Freud distingue como inconsciente personal] es el léxico individual en el que cada uno de nosotros acumula el vocabulario de su historia personal, pero que este vocabulario sólo adquiere significaciones, para nosotros mismos y para los demás, en la medida en que el inconsciente lo organiza siguiendo sus leyes y forma así un discurso».



     
     

    One Comment

    Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *