Home / Sueños / Conocimiento mediante los abismos

    Esta navegación puede cargarse de angustia, pues los soñadores son ciertamente maleables y poco enérgicos, «pero en contacto con sus párpados, la noche dura y fría se resquebraja como la pizarra»: la corriente del río interior se precipita, los meandros se vuelven complicados, el soñador vaga a lo largo de conductos angostos, bocanas, albañales, estrechos canales, los sueños se convierten en una materia laberíntica, una materia que vive estirándose, perdiéndose en sus propios desfiladeros. Cuando el laberinto es subterráneo, vienen a añadirse las angustias de la sed y el hambre, el miedo a morir aplastado por montones de materia, el temor a la mineralización.

    Bachelard presenta esta última de una forma un poco rara sirviéndose de una narración de Huysmans, la de la agresiva «esponja lapidificada»: «Sentida como tabique de laberinto anguloso y que hiere, la esponja de piedra corresponde a una maldad especial, a una traición de la materia. (…) La dureza inesperada es la voluntad de mal inscrita en la materia».

    Por el contrario, Bachelard analiza admirablemente un laberinto dulcificado, una feliz fluencia, en un sueño de Aurelia, de Nerval: «Creí caer a un abismo que atravesaba el globo. Me sentía arrastrado sin sufrimiento por una corriente de metal fundido, y mil ríos semejantes, cuyos colores indicaban las diferentes composiciones químicas, surcaban el seno de la tierra como los barcos y las venas que serpentean entre los lóbulos del cerebro.

    Todos fluían, circulaban y vibraban así, y tuve la sensación repentina de que estas corrientes estaban compuestas por almas vivas, en estado molecular, que la rapidez de este viaje me impedía por sí sola distinguir. Una claridad blancuzca se infiltraba poco a poco por entre estos conductos, y vi finalmente extenderse una vasta cúpula y un horizonte nuevo donde pude distinguir islas rodeadas de olas luminosas. Me encontré en un lado iluminado de este día sin sol».

    Aquí ya no encontramos frotamiento ni palpamiento; tampoco hay ninguna náusea de noche o de clausura: el laberinto se ensancha; Nerval sale de la pesadilla. Señalemos aquí que Georges Perec puso como epígrafe al diccionario de los símbolos o de los temas que termina su Tienda oscura una frase de Harry Mathews: «El laberinto no conduce a ninguna parte como no sea al exterior de sí mismo».

    El sueño del laberinto, con su proceso iterativo, también ha suministrado una estructura a grandes obras artísticas en el campo de la pintura. Tal es el caso, por ejemplo, de las Prisiones, del grabador italiano de la segunda mitad del siglo XVIII Piranesi, que elevan airosas el sueño diurno de un edificio que despliega sus bóvedas y sus escaleras de caracol para indicar al prisionero que ha sido olvidado hasta el final de los tiempos, o, en el mismo siglo, de los caprichos sangrientos del marqués de Sade que reinan soberanos en los torreones. Vuelve la misma imagen en el Retrato de Amboise Vollard, de Picasso (laberinto cerrado). En el terreno de la música, cabe recordar aquí obras (gráficas) como los Archipiélagos, del compositor francés André Boucourechliev, o el Laborinthus II (contracción de «laborare» y «laberinto»), del italiano Luciano Berio. Finalmente, el tema del laberinto aparece también recogido en el cine en el patio interior de un inmueble de la Roma decadente en la película Satiricón, de Federico Fellini.

    Bajo su forma más extrema, más angustiosa también, el sueño del subterráneo, del abandono al agua, desemboca en el sueño de la caída: «Bajo el techo de mi pequeña habitación está mi noche, sima profunda. Precipitado constantemente a miles de metros de profundidad, con un abismo varias veces tan inmenso a mis pies, me aferró con la mayor dificultad a las aspe-ridades, extenuado, maquinal, sin control, titubeando entre el disgusto y la obstinación; la subida-hormiga prosiguió con una lentitud interminable. Las as-peridades, cada vez más imperceptibles, apenas pueden leerse sobre el tabique perpendicular. El precipicio, la noche, el terror se unen de forma cada vez más indisoluble».



     
     

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