Home / Sueños / El sueño, arrebato de lo imaginario

    Durante la Antigüedad, el sueño pasó por ser una forma de inspiración: una analogía cualquiera, una imagen y sus satélites, metáforas o sinécdoques son otros tantos esbozos de sueños: «El soñador no está al tanto, pues la coordinación de las imágenes se hace sin que tenga que reflexionar.

    La imagen viene de ella misma, llamada por la similitud. Durante la noche, estas imágenes se colocan en silencio sin que se pueda hacer nada por evitarlo. Situación compleja que conduce a otra situación no forzosamente más simple, pero conocida, clasificada, tranquila, desactivada (no siempre tanto como eso)».

    Emerge otro mundo que compite con la vida real. Este poder de la imaginación incomparablemente libre condujo, en el siglo XIX, a comparar la actividad onírica con las alucinaciones provocadas por la locura o por el uso de estupefacientes. De hecho, el sueño aparecía, frente a la constriñente realidad, como el desarrollo pleno de las facultades racionales y el despliegue del fervor imaginativo.

    Así, Maupassant podía escribir: «No dormía, estaba despierto; comprendía, sentía, razonaba con una claridad, una profundidad, un poder extraordinarios, y una alegría de espíritu, una embriaguez extraña venida de esta centuplicación de mis facultades mentales». Para algunos «herejes de la sensación» (Henri Michaux), «todo lo que es provocado y querido es en parte falso. Así es: provocados o no, estos , sueños salen de su propia sustancia, pero con este aspecto ajado y sin embargo peligrosamente exorbitante que presentan algunas plantas cuyo crecimiento ha sido obtenido de forma artificial».

    Creativo, a mil leguas de las farragosidades de la incoherencia, el sueño sería una maravilla de la relojería, el lugar de la hiperlucidez. Su objetividad ha sido subrayada por los románticos y los surrealistas. Así, dice Louis Aragón: «En ninguna otra parte puede alcanzar se una objetividad mayor que durante la narración de un sueño. Pues aquí, como ocurre en el estado de vigilia que se denomina censura, razón, etc., nada se interpone entre la realidad y el durmiente».

    El sueño da una impresión irrecusable de evidencia y realidad. Además, puede procurar la ilusión de ser la elaboración intelectual más compleja y difícil. El soñador acepta las imposibilidades y las contradicciones como algo obvio. Mucho más: éstas revisten para él la apariencia de solidez, el carácter incontestable de la realidad cotidiana.



     
     

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