Home / Sueños / Aguas de vida, aguas de muerte

    Dos escenarios característicos del sueño recorren su historia: la aventura onírica toma a menudo la forma de abandono a la corriente del agua —uno de los cuatro elementos, ante todo símbolo del inconsciente, atraviesa paisajes del alma siguiendo agitados o plácidos cursos de agua, hasta que, finalmente, convertida en océano, se extiende hasta el infinito—, o sigue el curso de un río, «la cosa mística, profunda, desconocida, la comarca de los espejismos y las fantasmagorías, donde, durante la noche, pueden verse cosas que no existen, oírse ruidos que no se conocen y temblar sin saber el motivo, como si se atravesase un cementerio». Pero el agua, símbolo de vida agitada, puede también abandonarlo desdeñosamente y convertirse en ensoñación de la muerte: «El canal estaba lleno de gentes que se ahogaban en el agua oscura. (…) Muy lejos, al final, cabezas arrastradas, cabezas de piel pálida. El ímpetu de la corriente se intensificó repentinamente.

    Una ola enorme, que semejaba una doble cuchilla gigantesca, unas veces a nuestra izquierda, otras a nuestra derecha, separó de un cachete soberano, rechazó todo lo que sobre el agua se ofrecía a nuestro entorno. Alta, bruscamente levantada, esta doble ola parecía haberse retirado de la laguna para seguirnos, escoltarnos, acompañarnos y, todavía bastante lejos, a nuestras espaldas, exhibiéndose teatralmente y mostrándose, daba para nadie y para todo el mundo que quisiera contemplarla un espectáculo cada vez más grandioso, inútil y gratuito, especie de manto imperial desmesurado y zumbador que dejábamos a nuestras espaldas y que, a medida que nos alejábamos más y más y que lo abandonábamos, crecía progresivamente».

    Estos sueños a merced de las aguas pueden convertirse subrepticiamente en subterráneos:
    el curso del agua se estrecha progresivamente; se transforma en un conducto angosto y cada vez más oscuro que termina por desembocar en otro universo. Los subterráneos constituyen una variante del decorado del infierno. Ricos en imágenes y símbolos, corresponden para Sigmund Freud al seno materno; son un resurgimiento de los recuerdos de la vida intrauterina. Para Gastón Bachelard, el subterráneo participa del misterio del interior humano; es «un ser que responde a nuestro ser mediante la voz, mediante la mirada, mediante una hálito». Quien ama soñar hablará a los ecos subterráneos; las respuestas se ajustarán a las preguntas, pues «cuando la Naturaleza imita a lo humano, imita a lo humano imaginado». Nerval ve en lo subterráneo la forma misma del sueño, ese «subterráneo vago que se ilumina poco a poco y donde se desprenden de la sombra y la noche las pálidas figuras, gravemente inmóviles, que habitan la morada de los limbos».

    Este entusiasmo por el tema del subterráneo, que también atrae a autores como George Sand, Charles Nodier, Víctor Hugo («Yo sueño. Soy el ojo inmóvil de las cavernas.») y Edgar Alian Poe, conforma la estructura profunda de un texto como Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne, que en definitiva no es más que una larga peregrinación subterránea.
    Podemos, por otra parte, suponer que esta experiencia onírica primitiva se encuentra en el origen del mito de las almas de los muertos navegando por un río infernal.

    Tal es el caso, por ejemplo, en Grecia de la leyenda del barquero Carente, el mito del barco que transporta a los muertos, tema que presenta mil variaciones y que ha sido incesantemente renovado en cada nueva versión: «La leyenda del barco de los muertos es una de las primeras que se conocen sobre nuestro litoral; existía sin duda mucho antes de la conquista romana, y en el siglo vi Procopio la narraba en estos términos: “A los pescadores y demás habitantes de las Galias que viven frente a la isla de Bretaña se les ha encargado la misión de pasar a este territorio las almas (…). En plena noche, oyen llamar a su puerta; se levantan y encuentran en la ribera barcos extraños en los que no ven a nadie, y que sin embargo parecen tan cargados que producen la impresión de que están a punto de hundirse y apenas se elevan un dedo por encima de las aguas; una hora basta para realizar este trayecto, aunque, con sus propios barcos, difícilmente pueden hacerlo en el espacio de una noche”».

    Para Jung, la muerte en las olas sería la más maternal de entre todas las muertes. El deseo del hombre, dice, «es que las oscuras aguas de la muerte se conviertan en aguas de vida, que la muerte y su frío abrazo sean el regazo materno, como el mar, aunque engullendo también al sol, lo vuelva a hundir en sus profundidades… ¡Nunca la Vida ha podido creer en la Muerte!»



     
     

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