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    La Tierra Sagrada

    In illo témpore, allá por los años 5000 a. C. y siguientes, Dios era mujer. En esa época se estaba produciendo lo que los “sabios” llaman la Revolución del Neolítico: El ser humano pasa de ser cazador nómada a ser agricultor y asentarse en pequeñas comunidades. Se produce un gran avance en la elaboración de la cerámica y los útiles domésticos y herramientas de trabajo, también en las viviendas y el vestido.

    Las mujeres ocupaban un lugar destacado en la sociedad, debemos tener en cuenta que fue la mujer quien descubrió la agricultura y la que trabajaba la tierra mientras el hombre se ocupaba de la caza. También eran las mujeres las que guardaban y repartían los cereales y demás alimentos a la comunidad.

    La sociedad era matriarcal y la mujer era extremadamente respetada por el insondable misterio de la gestación y el alumbramiento. En aquellos tempranos tiempos, el hombre no era consciente de la función que desempeñaba en la procreación. Según sus creencias el embarazo se producía porque la mujer pasaba por un lugar mágico y era fecundada por un dios o un espíritu.

    El misterio femenino infundía un gran respeto y algo de temor. El culto que se practicaba en el centro y sur de Europa y el Mediterráneo era el de la Diosa Madre, Gran Madre, Madre Tierra, fértil y fecunda que dispensaba sus dones abundantes a los humanos.

    Su culto era un culto a la fertilidad, la belleza y la alegría de vivir. Sus sacerdotisas eran mujeres que gozaban de un alto estatus dentro de la comunidad.

    Esa diosa fértil y benéfica tiene un hijo al que sostiene en su regazo en las efigies que han llegado hasta nuestros días (precursoras de las maternidades románicas y góticas) y que comúnmente se convierte en cónyuge de la Diosa, aunque ocupa un lugar secundario en el culto.

    Los Dioses Solares aparecen con posterioridad y relegan a esta Gran Diosa a un segundo plano.