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    El Fuego Sagrado

    Una de las fuerzas naturales que el ser humano descubrió primero fue el calor del sol Su luz servía para que las semillas prosperaran y en la tierra brotara la vida, pero cuando su calor era excesivo se convertía en un elemento destructor que asolaba la vegetación y mataba a los animales.

    El hombre primitivo, al descubrir este tremendo poder del Sol, lo asoció inmediatamente a la divinidad y convirtió el fuego en sagrado. Las primeras brasas que los humanos lograron poseer procedían seguramente de algún incendio natural y fueron conservadas con grandes cuidados para que de ellas brotaran el resto de los fuegos de la comunidad.

    Evidentemente, el fuego debía permanecer siempre encendido, pues tan sólo el Sol era capaz de crear ese portento.

    Un antiguo mito griego relata que un dios bondadoso llamado Prometeo creó al hombre del limo de la tierra y cuidó de su criatura procurando su mejora y desarrollo. Prometeo viajó al cielo en busca de lo que más pudiera ayudar a los nuevos pobladores de la Tierra y, al ver el fuego que animaba a todos los cuerpos celestes, pensó que ése era el mejor regalo para los hombres y se lo robó a los dioses.

    El padre Zeus no se tomó nada bien este hurto y en la primera ocasión que tuvo prohibió a los humanos el uso del fuego dejándolos como estaban al principio. Pero Prometeo era terco y no abandonó a sus criaturas; de nuevo emprendió viaje hacia el Sol dispuesto a cometer un segundo robo, cosa nada fácil pues los dioses ya estaban sobre aviso.

    Así y todo lo hizo, prendió una caña en el corazón del Sol y devolvió el fuego a los humanos que desde entonces mantenían el fuego del hogar vivo para encender con él otros fuegos necesarios porque el secreto conocimiento de “crear” el fuego quedó reservado a las castas de los sacerdotes y hechiceros y al campo de lo sagrado.

    En un principio determinadas gemas mágicas eran capaces de transmitir la fuerza solar que encerraban encendiendo el fuego con sus brillos.

    Más adelante el espejo sustituyó a las gemas y en su momento se comprobó que si el espejo era cóncavo concentraba el poder de los rayos en un punto de luz mucho más potente. El Sol se identificó con el carácter masculino (fuerza y destrucción, actividad y violencia) y los dioses varones fuertes y guerreros eran solares mientras las diosas femeninas y más débiles eran lunares.